
El seductor
Adrián Eduardo Duplatt
Era un verano seco y caluroso. El sol calcinaba el techo de chapas de la comisaría de Sarmiento. En el interior del edificio el aire era denso y pegajoso. Las paredes, de ladrillos sin revocar, apenas ofrecían resistencia al calor exterior. Ninguna brisa se colaba por sus desiguales ventanas. Inusualmente el viento corría por otras latitudes.
El comisario Andrés Merillán suspiraba detrás de un simulacro de escritorio, sentado en una silla rústica en la que descansaba la chaqueta de su uniforme. Tendría unos cincuenta años, mediana estatura y cuerpo algo rechoncho. Sus ojos eran unos puntos negros y pequeños dibujados en un rostro inusualmente blanco y redondo como un queso recién elaborado. El cabello, sin canas y bien cortito -como acostumbraba llevarlo desde que entró a la Policía hace ya más de treinta años-, cada tanto dejaba escapar gotas de sudor por su frente surcada de arrugas esculpidas por el sol y por el viento. En sus manos sostenía unos informes, pero no los leía: los usaba para procurarse un poco de aire en ese mediodía tórrido. Sin embargo, lo único que conseguía era cansar la mano con tanto movimiento inútil.
La comisaría tenía pocos muebles. Apenas el escritorio, un par de sillas, un perchero y unas mesas pequeñas de madera para apoyar el papeleo. Un cuarto vacío oficiaba de celda.
Unos golpes en la puerta interrumpieron la acalorada monotonía del comisario. Eran del sargento Simplicio Fernández, que entró sin esperar respuesta. Detrás de él, Merillán alcanzó a vislumbrar la figura de una mujer.
-Comesario, esta mujer quiere presentar una dinuncia...
-Muy bien, hágala dentrar, sargento, y que tome asiento -ordenó el comisario, tratando de despabilarse un poco. Pensó en colocarse la chaqueta, pero inmediatamente desistió de la idea. Pudo más el calor que el sentido de educación que le inculcaron en la policía. "La señora va a entender -se dijo, mientras acomodaba sus redondeces en la silla y se disponía a escuchar la denuncia.
-Antes que nada, sargento, vaya a buscar los testigos -apresuró al sargento.
-¿A Froilán Luz y al peluquero?
-Acaso conocés a otros que quieran ser testigos?
-Fuera del Rengo y del peluquero, no...
-¿Y entonces?...
Seguidamente la mujer, de unos cuarenta años, baja, de cabellos largos, morenos y algo descuidados, se dispuso a declarar. Mientras hablaba se alisaba el delantal, que supo ser blanco en otro tiempo y que le protegía el vestido verde salpicado de flores estampadas que se había puesto especialmente para la ocasión, después de todo tenía que vérselas con un hombre desconocido, y comisario además; había que dar una buena impresión.
Con solo mirar su rostro sencillo y agradable y un tanto ladino, el comisario supo que la mujer traía consigo problemas de amoríos. Esa mirada despechada era inconfundible para él. En sus mocedades supo de amores resentidos.
-La escucho -le dijo Merillán, animándola a relatar sus cuitas- empezemos por su nombre, edá, y sus otros datos...
-Me llamo Angela Sánchez, soy santiagueña y tengo treinta y ocho añios de edá... soy viuda.
-Ajá... ¿De quién?
-No sé.
-¡¿...!?
-Pasa que la primera vez me casé con Eleutorio Carrero, con quien tuve dos hijas: la Micaela de 18 y la María de 15. Eramos muy felices, pero él un día se fue a trabajar a la cosecha y pasaron cuatro añios y no volvió pa la casa ni dio señales de vida. Entonces yo lo creí muerto y me casé de nuevo con Casimiro Principi. Pero Casimiro también se fue, no sé por qué causa y desto ya hace mucho tiempo. Por eso es que no sé si están vivos o muertos y no sé de quién soy viuda...
-Ah... siga con su relato...
-Bueno... yo después me conocí con Cipriano Valdez, maquinista del tren, y él quiso casarse denseguida, pero yo tenía miedo que pasara lo mismo que con los otros maridos y no le di el "sí" y solo aseté vivir arrimada con él, guardándole el respeto como si fuera su esposo dendeveras. Al principio anduvo todo muy bien. El era cariñoso conmigo y con mis hijas, corría con los gastos de la casa. Pero después me di cuenta que entre él y la Micaela había algo, y no estuve desasertada. Cuando aclaramos las cosas risultó que la Micaela estaba gruesa y que el sedutor era mi propio marido. Hubo un gran barullo entre nosotros, pero como estábamos acostumbrados a vivir todos juntos, arreglamos las cosas, pero como marido de la Micaela, comigo ni hablar. Así que yo les entregué la cama matrimonial y yo me quedé con el catre de la Micaela. El Cipriano no es mala gente, nos atendía bien y era amable con mis hijas... incluso de vez en cuando por ay me hacía una caída de ojos, pero yo no le aflojé... -dijo muy suelta de cuerpo, haciéndole ver al comisario que ella podía competir de igual a igual con sus hijas.
Merillán la escuchaba atentamente; sólo una mosca obstinada lo distraía cada tanto del relato de Angela. "Qué bueno sería tener una mosca gigante en el techo, con alas gigantescas, que revolotée y tire un poco de fresco por aquí", imaginaba con estoicismo mientras se secaba el sudor de su rostro. La mujer continuaba con sus penas.
-Dispués de tantas disilusiones las cosas empezaron a marchar bien. La Micaela me iba a dar un nieto y todo era paz en la casa. Ahí es cuando el muy canaya se manda a mudar del hogar llevándose a la María, la de quince añios de edá y de yapa medio sonsa, porque si no no me explico como pudo haberse ido con un hombre así...Si yo estuviera en otras condiciones no digo nada y sigo pa delante, pero estoy obligada a dar este paso porque dispué de lo ocurrido es muy difícil encontrar otro hombre que se quiera hacer cargo de la familia Por eso le pido a la autoridá que haga justicia obligándolo a Valdez a volver a la casa y que se case con cualquiera de sus hijas, así se siente más obligado a cumplir sus compromisos... Incluso si él no quiere a ninguna de ellas...yo...... estaría dispuesta, a pesar de mi resentimiento, a sacrificarme y casarme con él, nada más que para salvar el honor de la familia...
-Bien -dijo el comisario- vamos a ver qué podemos hacer... quédese entranquila que toda va a tener solución...
La acompañó hasta la salida y la despidió amablemente en el portal, rodeado por un sol prepotente. Mientras la veía alejarse por las polvorientas calles apareció el sargento Fernández, solo.
-¿Y, Simplicio? ¿Los testigos?
-No pudieron venir, don Andrés, dicen que si quiere... -no pudo terminar la frase. El comisario con un ademán lo hizo callar.
-No importa, que vengan después a firmar. Ahora andáte y pedí prestados unos caballos que tenís que buscar dos fugitivos. Pasá que texplico.
Lo tomó por los hombros y cerró la puerta tras ellos. Las calles volvieron a estar desiertas. En el frente del edificio, junto a la puerta que acababa de cerrarse, podía leerse un cartel, confeccionado en madera y con una hermosa caligrafía, -orgullo de Merillán- que rezaba: "Comisería".
No pasaron más de cinco días y el sargento Simplicio Fernández apareció con los fugitivos.
-Muy bien, Simplicio, ¿así que ya encontraste a la pareja que se disparó?
-Así es, comiserio, ¿los hago dentrar?
-Sí. Que primero pase la niña.
-Comiserio...
-Qué querís...
-Para ir ganando tiempo, de pasada le avisé a los testigos... y me dijeron que hoy no podían venir, que si quiere mañana vienen a firmar.
-Ta bien. Pero vos no te mescapés que tenís que escribir el sumario.
Simplicio trajo a la fugitiva.
María Sánchez no se veía asustada, sino más bien satisfecha.
Manifestó lo corriente en los interrogatorios. Su nombre, de dónde era, edad. En este último punto el comisario le dictó a Fernández:
-Poné que el suscrito tiene la obligación de dejar costancia que la muchacha está bien desarroyada y que a pesar de la edá que confiesa, ya es mujercita, y bastante buena.
El sargento asintió con la cabeza; ya la había relojeado bastante en el viaje de regreso.
Después le preguntó por el asunto que los convocaba.
-Yo a Cipriano lo quiero desde que lo conocí. Tuve que esperar porque yo era muy chica y él tenía compromiso con mi mamá y con mi hermana Micaela, por eso decidimos esperar. Pero hace una semana nos escapamo y él me probó como mujer y está conforme. Si no me creen preguntenlé.
-¿Te arrepentís de algo?
-No, de nada. Yo ya tuve que esperar bastante. Es justo que ahora Cipriano tenga la oportunidá de conocerme mejor, ellas ya tuvieron bastante... mi madre hizo la denuncia por despecho, no por otra cosa.
Terminada la declaración de María se dirigió al sargento y le ordenó:
-Lleváte a la muchacha y hacé pasar al sedutor.
El joven resultó ser un santafesino de unos veinticinco años, morocho y algo pintón. Al preguntársele por la denuncia, confirmó todo.
-¿A alguna le propusiste casamiento?
-No no pude. Yo ya estoy casado con la Clementina Sierra. Pero ella está muy enferma, y si se muere, como tengo esperanza, entonces voy a poder cumplir con la María.
-¿Y tu mujer sabe de todo este lío?
-Sí, y lo comprende. Ella sabe que estando enferma y siendo yo un hombre joven y sano tengo que tener mis tentaciones. Además Clementina prefiere que esté con esta familia y no que ande por ay, en los boliches, timbiando y chupando. Yo a ninguna le hago faltar nada...
-Bien..., mejor dejamos el asunto por hoy porque se está haciendo de noche y no tenemos más velas.
Merillán estaba bastante desconcertado.
Los detenidos pasaron un incómoda noche en la celda de la comisaría. Merillán, en su casa, no la pasó mejor. El tiempo seguía pesado y le era imposible dormir. El insomnio, a pesar de todo, le vino bien para reflexionar sobre el asunto. Al día siguiente, en un mediodía tan calcinante como aquél en que empezó todo, el comisario Merillán resolvió el entuerto. Redactó, al pie del sumario, su decisión final:
"Pareciendo al suscripto que la mujer María Sánchez se ha disparado por su gusto con su sedutor Cipriano Valdez, y que entre ellos se quieren, resuelvo largarlos a los dos, ya que viviendo juntos no han hecho mal a naides, porque por más que él sea casado, su mujer está muy enferma y no le sirve para nada. Para que mi consensia quede tranquila, voy a mandarle el sumario al mismo Jefe de Policía del Departamento pa que revise y diga si está bien, o no, lo hecho por mí".
Seguidamente para acompañar el expediente, escribió una nota que encabezó: "Querido Compadre:", y después, entre otras reflexiones, escribió: "... Pa mí que la vieja hizo la denuncia por despecho... lo mejor sería que se arreglen entre ellos, total él mantuvo a todas las mujeres y nunca les faltó nada... no es justo que ellas comieran de sus costiyas y de arriba nomás...".
El Jefe de Policía no tardó en refrendar lo realizado por su compadre. Entre los Considerandos de su resolución afirmó que "... las mujeres sólo se quejan ahora, cuando Cipriano, cansado de sostener la familia, las abandona para quedarse con una sola, lo que me parece muy bien hecho, porque, según se mire, el abuso es más de ellas que de él...".
Caso resuelto.
Poco tiempo después Cipriano Valdez enviudó y se casó con María. Siguió viviendo con su suegra y con su cuñada, Micaela, que le dio un sobrino, que era también su hijo. La convivencia se apaciguó con las cuentas claras. Cipriano es el que "para la olla" y, por lo tanto, decide qué es lo que se hace en la casa, a modo de un patrón de estancia.
Angela, entre satisfecha y resignada, no sabe si podrá seguir soportando las caídas de ojos que nuevamente comenzó a hacerle su yerno. El no desear una denuncia de su hija le da una fuerza adicional para resistir las insinuaciones de Cipriano. Aunque, en los días de calor, la empresa no era nada sencilla.

