Las usinas de pensamiento y las estrategias de intolerancia selectiva

La pobreza que molesta

 

AdriA?n Eduardo Duplatt
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El policA�a de la Bonaerense Aldo JuliA?n de la Rosa esperaba, en la zona de Quilmes, el colectivo azul y verde que habitualmente lo llevaba a su casa. Ese 7 de junio de 1993, bolso en mano, subiA? al interno 166 de la lA�nea 159, y sacA? su boleto. MirA? hacia los A?ltimos asientos y le susurrA? al chofer: “AhA� atrA?s hay dos chorros… cuando yo grite Alto, PolicA�a, vos frenA?s el colectivo”. Se dirigiA? lentamente hacia los sospechosos, mientras miraba distraA�damente al resto de los pasajeros, como si estuviera decidiendo cuA?l serA�a la mejor ubicaciA?n. Cuando llegA? al final del pasillo, extrajo del bolso un arma con la rapidez de un mago sacando conejos de la galera y gritA?: ALTO… POLICA?A. El transporte se detuvo bruscamente.

Por los gritos y la frenada, un hombre que dormA�a en el primer asiento se despertA? y vio la escena a sus espaldas. Se incorporA? de inmediato, arma en mano. DisparA? seis veces sin mediar palabra alguna. De la Rosa recibiA? dos proyectiles en sus glA?teos, uno de los sospechosos fue herido en la frente y una pasajera, en el pecho. El hombre que habA�a disparado era Francisco Javier Serrano, cabo de la PolicA�a Federal.

Tanto la mujer como el policA�a de la Bonaerense salvaron sus vidas. La instituciA?n federal fue condenada a pagar las correspondientes indemnizaciones por la Sala III de la CA?mara Federal Civil y Comercial, y Serrano continuA? prestando servicios en la policA�a1.

Ahora bien, lo interesante de esta historia es la forma en que De la Rosa identificA? a los chorros2. SegA?n su declaraciA?n en la Justicia, lo que le llamA? la atenciA?n fue que eran “morochos, con camperas negras y pelo largo”3. Es decir, cumplA�an con el biotipo del delincuente bonaerense, construido pacientemente por los medios de comunicaciA?n y desde ciertos sectores de la dirigencia polA�tica. Y el policA�a -los dos policA�as- actuaron como se espera que lo hagan ante esas situaciones cotidianas: discriminaciA?n y gatillo fA?cil. Como dijera el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, “hay que meterle bala a los ladrones”4.

Este amalgama de racismo, violencia y justificaciA?n oficial, no nace por generaciA?n espontA?nea. Responde a un cambio de las relaciones sociales y econA?micas que se viene consolidando desde hace unos treinta aA�os en Estados Unidos, y que rebalsa aceleradamente al resto del mundo. Se trata de una mutaciA?n en la que el Estado se retira de ciertas funciones y asume plenamente otras: deja de ser un Estado Social, para transformarse en un Estado Penal.

La difusiA?n de las ideas que justifican pseudocientA�ficamente el fin del Welfare State, se debe, en gran parte, a la labor concienzuda e ininterrumpida de los think tanks5 (TT) neoliberales, que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se dedicaron a propalar su credo libremercadista en el sistema econA?mico mundial y, como panacea para sus consecuencias sociales, la configuraciA?n de un Estado Penal que contuviera a los siempre molestos excluidos o underclass6.

Ahora bien, para entender cA?mo fue posible la difusiA?n de estas ideas a nivel planetario, es necesario conocer quA� son y cuA?les son los mecanismos con los cuales operan los TT.

Los think tanks

El tA�rmino TT, relativamente novedoso, nace en los Estados Unidos, donde “la institucionalidad no-gubernamental, no lucrativa, es sumamente extendida, abarcando prA?cticamente todo el amplio espectro de problemA?ticas sociales y humana” (Thompson, 1994:9). Por la extensiA?n que han alcanzado las instituciones sin fines de lucro en general, se las ha llamado, en su conjunto, como el Tercer Sector y a los TT, en particular, como un gobierno en las sombras por su influencia en las decisiones polA�ticas.

En 1948 nace el que podrA�a considerarse el primer TT: la RAND Corporation (Research and Development Corp.), proveniente de un grupo de investigaciA?n de la Fuerza AA�rea Norteamericana, y que contaba con fondos de la Ford Foundation para influir en la “formulaciA?n de polA�ticas y de cumplir un papel de ‘brokers’ de tecnologA�a” (Thompson, 1994:10). En este sentido, ligan el conocimiento con el poder, la ciencia con la polA�tica, se preocupan por variopintos problemas de la sociedad y elaboran recomendaciones a discreciA?n.

El rol institucional que cumplen todos los TT es el de investigar, enseA�ar, capacitar y realizar consultorA�as. Su financiaciA?n proviene del Estado o, en la mayorA�a de los casos, de empresas y fundaciones privadas. Cabe acotar que estA?n exentas del impuesto a las ganancias (Thompson, 1994).

Los TT pueden ser instituciones pA?blicas o privadas, acadA�micas -como las universidades- u Organizaciones No Gubernamentales.

Su influencia como “voz experta” es cada vez mA?s notoria, ya que, si bien

[…] no todos establecen polA�ticas agresivas de formaciA?n de opiniA?n, los “think tanks” son una fuente segura a donde los medios de comunicaciA?n pueden recurrir para obtener opiniones sobre las acciones del gobierno. La presencia pA?blica de los miembros de los “thik tanks” en vivo (y no solo a travA�s de los resultados de sus investigaciones) ha aumentado notablemente en los A?ltimos aA�os, lo que tambiA�n puede estar asociado a como ello redunda en mayores posibilidades de financiamiento individual o institucional (Thompson, 1994:20).

Entre los principales TT de Estados Unidos se encuentran: Rand Corporation, Brookings Institution, Heritage Foundation, Hoover Institution y el Urban Institute (Thompson, 1994:11), a los que habrA�a que agregarle el Manhattan Institute.

En la Argentina se encuentran, entre otros, la FundaciA?n MediterrA?nea, la FundaciA?n de Investigaciones EconA?micas Latinoamericanas (FIEL) y el Centro de Estudios MacroeconA?micos (CEMA).

El CEMA fue fundado por un grupo de egresados de la Universidad de Chicago, en tanto la FundaciA?n MediterrA?nea fue creada en 1977

[…] por iniciativa de 34 empresas de la provincia de CA?rdoba […] con el objeto de promover la investigaciA?n de los problemas econA?micos nacionales, contribuir al mejor conocimiento y soluciA?n de los problemas econA?micos latinoamericanos y crear un foro apartidista donde se discutan los grandes problemas nacionales y latinoamericanos; donde hombres estudiosos aporten su inteligencia para disA�ar soluciones econA?micas con el solo condicionamiento impuesto por la adhesiA?n irrenunciable al respeto de la libertad y dignidad de la persona humana […]7

Para alcanzar esos objetivos, la MediterrA?nea contA? con el inapreciable aporte del ex ministro de economA�a Domingo Cavallo -a quien llegA? a pagarle el sueldo cuando estaba en funciA?n oficial- y del Instituto de Estudios EconA?micos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IEERAL) -creado por la propia FundaciA?n-.

Estos dos TT argentinos tenA�an como propA?sito A?ltimo que sus estudios contribuyeran

[…] a realizar un paA�s prA?spero, con una conformaciA?n social que ofrezca la igualdad de oportunidades a sus habitantes y con una economA�a integrada, dinA?mica y eficiente, que asegure el continuo mejoramiento de la calidad de vida de todos los argentinos.8

Los objetivos explA�citos son loables, aunque, con la realidad argentina a la vista, habrA�a que determinar si sus contribuciones coadyuvaron culposamente a la crisis argentina o, en realidad, los fines implA�citos son otros, que sA� se cumplieron.

Otro TT importante en el paA�s es el Grupo FA�nix, que estarA�a en las antA�podas doctrinarias de las anteriores instituciones. Este grupo estA? formado por economistas de todo el paA�s -entre ellos Aldo Ferrer- y se distinguen por no seguir la ortodoxia neoliberal. Pero, en el marco de una economA�a fundamentalista de mercado, los medios de comunicaciA?n -como empresas que son- no prestan igual predisposiciA?n para atender y diseminar el pensamiento de quienes cuestionan el modelo imperante. No es de extraA�ar, entonces, que la FundaciA?n MediterrA?nea, el Fiel o el CEMA, ocupen muchos mA?s minutos o pA?ginas en los medios periodA�sticos.

Los TT estA?n para marcar la senda correcta que deben seguir los demA?s, por ejemplo el gobierno argentino. Sin embargo, la incertidumbre actual del paA�s -mayo de 2002- y la conflictiva situaciA?n polA�tica, econA?mica y social “parecen haber dejado en la perifera y sin propuestas a las cA�lebres think tanks”9. Mas, cuando las respuestas acadA�micas -pA?blicas o privadas- no elaboran una cA�lere respuesta, los medios de comunicaciA?n sA� lo hacen con la urgencia necesaria, la rapidez que los caracteriza y los peligros que ello implica10.

De una u otra manera, con unos actores u otros, las corrientes de pensamiento de los paA�ses centrales -de USA en la actualidad-, se propagan sin miramientos por el resto del mundo. HabrA�a que determinar, ahora, cuA?les son los procedimientos que facilitan esa diseminaciA?n indiscriminada.

La difusiA?n del pensamiento de los TT

Los estudios e investigaciones de los TT -especialmente los norteamericanos- circulan rA?pidamente por los claustros acadA�micos y polA�ticos del mundo. Pierre Bourdieu y LoA?c Wacquant se preguntaron cA?mo era ello posible y ensayaron algunas respuestas.

En principio, definen el imperialismo cultural11 como “[…] el poder de universalizar los particularismos vinculados a una tradiciA?n histA?rica singular, haciendo que resulten irreconocibles como tales particularismos” (Bourdieu-Wacquant, 2001:7).

Es decir, se trasladan al resto de los paA�ses, problemA?ticas, anA?lisis, conceptos y categorA�as, que son propias de una sociedad determinada con una historia particular. Se generalizan tesis con las que se argumenta, “pero sobre las cuales no se argumenta” (Bourdieu-Wacquant, 2001:8).

La neutralizaciA?n del contexto histA?rico provoca una aparente universalizaciA?n que se respalda teA?ricamente desde los TT (proceso de teorizaciA?n). AsA�

[…] “planetarizados” y mundializados, en un sentido estrictamente geogrA?fico, por causa de su desarraigo, a la vez que se ven desparticularizados por el efecto de desplazamiento de sentido que produce la conceptualizaciA?n, estos lugares comunes de la gran vulgata planetaria, a los que la persistente repeticiA?n mediA?tica poco a poco va convirtiendo en sentido comA?n universal, consiguen que se olvide que son fruto de las realidades complejas y controvertidas de una sociedad histA?rica particular, tA?citamente constituida en modelo y en medida de todas las cosas (Bourdieu-Wacquant, 2001:10).

Esta evoluciA?n de la ideas se realiza, entonces, gracias a la trama que se configura entre los campos polA�ticos, econA?mico, mediA?tico y acadA�mico. Es importante destacar que la influencia aislada de un TT o de una personalidad no es suficiente para consolidar la difusiA?n de ideas, ya que para Wacquant, en consonancia con las ideas de Michel Foucault,

[…] el A�xito de tal o cual participante (persona u organizaciA?n) en el vasto trA?fico transcontinental de ideas y polA�ticas pA?blicas […] no obedece a la “influencia” de que goza a tA�tulo individual […], sino a la posiciA?n que ocupa dentro de la estructura de las relaciones de competencia y colusiA?n, subordinaciA?n y dependencia, que lo unen a todos los demA?s protagonistas y que estA?n en el origen de los efectos que es susceptible de ejercer (Wacquant, 2000:23)12.

La figura del intelectual solitario, que blande estoicamente sus ideas y sus escritos, con el complemento de la “teorA�a de la conspiraciA?n”13, no es mA?s que la concreciA?n “[…] personal e institucional, de sistemas de fuerzas materiales y simbA?licas que los atraviesan y superan” (Wacquant, 2000:24).

Para Wacquant, la actividad de los actuales TT no serA�an otra cosa que la manifestaciA?n de “[…] un nuevo rA�gimen internacional de relaciones entre el campo polA�tico burocrA?tico, el econA?mico, el mediA?tico y el intelectual” (Wacquant, 2000:23).

Las ideas del imperialismo cultural se imponen, por lo tanto, por una conjunciA?n de los TT conservadores y de sus aliados en la dirigencia polA�tica y los medios de comunicaciA?n, tanto del paA�s del origen, como de los paA�ses receptores.

La violencia simbA?lica

[…] no se ejerce nunca sin alguna forma de complicidad (arrebatada) de quienes la sufren, y la “globalizaciA?n” de los temas de la doxa social americana o de su transcripciA?n, mA?s o menos sublimada, en el discurso semierudito no serA�a posible sin la colaboraciA?n, consciente o inconsciente, directa o indirectamente interesada, de todos los “barqueros” e importadores de productos culturales con etiqueta o sin etiqueta (editores, directores de instituciones culturales, museos, A?peras, galerA�as, revistas, etc) que en el propio paA�s o en los paA�ses diana proponen y propagan, con frecuencia de buena fe, los productos culturales americanos, y de todas las instancias culturales americanas que, sin estar explA�citamente concertadas, acompaA�an, orquestan y a veces incluso organizan el proceso de conversiA?n colectiva a la nueva Meca simbA?lica (Bourdieu-Wacquant, 2001:29/30).

Y en una sociedad mediA?tica por excelencia, donde la producciA?n y circulaciA?n de informaciA?n es, ademA?s, una de las industrias mA?s lucrativas, no es de extraA�ar que el campo periodA�stico sirva de esencial soporte para las ideas que emanan de los centros intelectuales. Estos -los medios-, incluso, llegan a promover personalidades que no cumplen acabadamente con los cA?nones cientA�ficos. Bourdieu y Wacquant hablan de “la desapariciA?n de la frontera entre ediciA?n universitaria y ediciA?n comercial” (Bourdieu-Wacquant, 2001:32), donde suele primar el criterio marquetinero para la publicaciA?n de los trabajos de investigaciA?n.

Por su parte, los promotores vernA?culos del pensamiento forA?neo responden a una doble heteronomA�a: por un lado miran hacia el exterior para aggiornarse y ser progresistas, pero, por otro, son dependientes de esos trabajos porque desconocen la realidad institucional y cultural de donde provienen (Bourdieu-Wacquant, 2001). Y, como si fuera poco, tienden al periodismo buscando el A�xito rA?pido, tratando temas soft -ni muy eruditos, ni tan simples en su narrativa- que siguen el mandato de los medios de comunicaciA?n. Las temA?ticas pueden ser, v.gr. la delincuencia juvenil, la xenofobia, el racismo… todo con un lenguaje accesible a la comunidad, pero inoculando conceptos, teorA�as y categorA�as, que provienen de realidades histA?ricamente disA�miles.

Como ya se seA�alara, el campo polA�tico tambiA�n juega un papel destacado en dicho proceso. En este sentido es relevante la actuaciA?n durante la Guerra FrA�a de la Agencia Central de Intelgencia de los Estados Unidos (CIA).

Frances Stonor Saunders, tras aA�os de investigaciA?n, llevA? a la luz el accionar de la CIA en el terreno cultural durante el enfrentamiento USA-URSS (Saunders, 2002). BasA?ndose en entrevistas, documentaciA?n reservada, datos, fotografA�as, correspondencia… Saunders demuestra que la Inteligencia norteamericana invirtiA? en sobornos, pensiones polA�ticas, becas y subsidios a congresos, editoriales, revistas y conferencias de intelectuales que, aA?n inconscientemente, apoyaban el sistema capitalista. TambiA�n era comA?n que organizaran giras por centros acadA�micos y polA�ticos de personajes afines, con gastos pagos en hoteles de categorA�a, cruceros y otras actividades reconfortantes. La CIA coincidA�a, a regaA�adientes, con Antonio Gramsci, quien, a principios del siglo XX, profetizA? que las futuras guerras se ganarA�an en el terreno intelectual.

Para brindar la “fachada cultural”14, la CIA se valiA? de fundaciones como la Ford, Rockefeller o Carnegie, autA�nticas fuentes econA?micas de los TT americanos15.

En un principio se seA�alA? que la polA�tica de “meter bala a los ladrones”, del entonces candidato a gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, no fue un hecho aislado, ni un lapsus temperamental, sino que obedecA�a a una tendencia que implicaba solucionar los problemas que acarreaba la retirada social del Estado, con un mayor control social y una criminalizaciA?n de la pobreza creciente.

Corresponde, pues, dilucidar la manera en que estos dos principios -neoliberalismo y represiA?n- se consolidaron como hegemA?nicos a fines del siglo XX.

Los TT y el neoliberalismo

A la salida de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se hundiA? en la Guerra FrA�a contra la UniA?n SoviA�tica. El capitalismo debA�a vencer al comunismo y seducir a sus ciudadanos para abrazar insoslayablemente el american way of life. Ello, sumado a las enseA�anzas de la crisis de 1930, conjugA? la conformaciA?n del Estado de Bienestar, un sistema basado en un modo de producciA?n fordista, bajo la tutela de un gobierno keynesiano.

Se tratA? de la institucionalizaciA?n de un “principio de compensaciA?n” (Luhman) por el cual se garantizaba a los ciudadanos la educaciA?n, la salud, la justicia, una vivienda digna, trabajo, seguro de desempleo… El Estado actuaba como un reductor de incertidumbres como ideaba Hobbes16.

Esta seguridad social trajo aparejada una ola de libertad y luchas por los derechos civiles y de las minorA�as, sobre todo en Estados Unidos. Los Nuevos Movimientos Sociales (feministas, gays, indigenistas, raciales, pacifistas…), contribuyeron, a fines de los sesenta y principios de los setenta, a consolidar el Estado de Bienestar (CaparrA?s, 2002).

Pero, ya en los setenta, entra en crisis la confianza de las dirigencias polA�tica y empresaria en el modelo de crecimiento de la economA�a mundial.

En diciembre de 1971, el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, decide unilateralmente el fin de la convertibilidad en oro del dA?lar, lo que provoca el derrumbe del sistema monetario internacional y las tribulaciones de las instituciones de Bretton Woods. En 1974 se liberalizan los movimientos de capitales en Estados Unidos y comienza una economA�a financiera meramente especulativa, disociada de la economA�a real (Mattelart, 2000).

Estas situaciones se dan en un contexto del encarecimiento del petrA?leo (1974), las presiones del Grupo de los 77 (no alineados) por equilibrar las inicuas relaciones internacionales y el estancamiento de la producciA?n industrial de las economA�as avanzadas.

AsA�, con este clima, en julio de 1973,

[…] David Rockefeller, presidente del Chase Manhattan Bank, lanza la ComisiA?n Trilateral. Compuesta por mA?s de doscientas personalidades pertenecientes a los cA�rculos intelectuales, polA�ticos, y al mundo de los negocios de AmA�rica del Norte, Europa Occidental y JapA?n, este autA�ntico Estado Mayor de la crisis se plantea como objetivo el establecimiento de un nuevo consenso entre las regiones miembros de este “triA?logo” […] (Mattelart, 2002).

La Trilateral, presidida por Zbigniew Brzezinski17, encarga a tres sociA?logos la investigaciA?n y redacciA?n de un informe situacional. Los expertos elegidos son el francA�s Michel Crozier, el norteamericano Samuel P. Huntington18 y el japonA�s Joji Watanuki.

El informe se publica en 1975 y se titulA? La crisis de la democracia. “La idea central que recorre el libro es la idea de exceso” (CaparrA?s, 2002).

El Estado de Bienestar provocA? la reacciA?n de los patrones; los trabajadores aparecA�an como demasiados poderosos. La gente abusaba de la participaciA?n y de la igualdad. Y una democracia se torna ingobernable si la gente pide demasiadas cosas, porque instala la enfermedad de la inflaciA?n. Huntington llegA? a afirmar que “Hemos llegado a reconocer que el crecimiento econA?mico tiene lA�mites. TambiA�n tiene lA�mites potencialmente deseables la extensiA?n indefinida de la democracia polA�tica” (Huntington et al, 1975). Cuanto mA?s democrA?tico es un sistema, mA?s expuesto estA? a amenazas internas que provienen de la efervescencia social y las demandas que el gobierno no puede satisfacer, ni controlar.

A?CuA?les son las soluciones que proponen Crozier, Huntington y Watanuki? Pues, sencillamente, menguar la intervenciA?n popular, reducir la igualdad, minimizar el Estado de Bienestar y desplazar del centro de las preocupaciones gubernamentales el tema de la desocupaciA?n, que habA�a sido el gran tema de las democracias occidentales luego de la depresiA?n de 1930. La desocupaciA?n es reemplazada por la inflaciA?n, que se torna la cuestiA?n macroeconA?mica por excelencia, relegando a la primera a la microeconomA�a de las relaciones entre trabajadores y empleadores. Por ello la flexibilizaciA?n, la privatizaciA?n y las desregulaciones se vuelven centrales para Thatcher y Reagan19 (CaparrA?s, 2002). Estas recomendaciones significaron la denuncia del contrato social fordista keynesiano.

Asimismo, un comunicado del ComitA� Directivo de la Trilateral, emitido en Kyoto en 1975, expresa que la ComisiA?n espera que todos los gobiernos participantes comprendan la necesidad de afianzar la interdependencia por encima de los mezquinos intereses nacionales, y Brzezinski afirmA? en 1976 que “[…] en nuestros dA�as, el Estado-naciA?n ha dejado de jugar su papel […]”.20

Con la caA�da del bloque comunista a fines de los ochenta, se conformA? en 1990 el Consenso de Washington21, que aunA? todos estos conceptos y polA�ticas bajo el signo de la globalizaciA?n y el dogma del a�?Pensamiento Unicoa�?22.

La ComisiA?n Trilateral, luego de aA�os de prA�dica, veA�a coronados sus anhelos planetarios. En la Argentina, la FundaciA?n MediterrA?nea, el FIEL y el CEMA, entre otros TT, fueron los encargados de difundir el “Pensamiento Unico”.

Pues bien, la retirada del Estado de Bienestar, reemplazado por un Estado de Malestar, implicA? la transformaciA?n del “principio de seguridad” en un Paradigma de la Inseguridad (Pegoraro, 1997).

De este modo fue necesario que el Estado se retirara completamente de la actividad econA?mica, minimizara su funciA?n social y ampliara escandalosamente su actividad represora a fin de contener la ingente masa de excluidos de la sociedad global. Un ejemplo de esta tendencia fue la polA�tica de “Tolerancia Cero” aplicada en la ciudad de Nueva York, bajo la alcaldA�a de Rudolph Giulliani.

Los TT y la “Tolerancia Cero”

Wacquant afirma que las instituciones que prepararon el advenimiento de los neoliberales Reagan y Thatcher, son las mismas que, diez aA�os despuA�s, dieron sustento teA?rico a la apariciA?n del Estado-penitencia, revelando “[…] los lazos orgA?nicos, tanto ideolA?gicos como prA?cticos, entre el debilitamiento y retroceso del sector social del Estado y el despliegue de su brazo penal” (Wacquant, 2000:25).

Como ya se seA�alara, los TT neoliberales socavaron los cimientos del Welfare State, acusA?ndolo de ser el culpable de la crisis econA?mica y polA�tica del mundo occidental. Por ello,

A la manera de un buen padre de familia que actuA? demasiado tiempo con ternura y tolerancia, en lo sucesivo el Estado providencia […] deberA�a adelgazar y luego obrar con severidad con sus fieles disipados y elevar “la seguridad”, definida estrechamente en tA�rminos fA�sicos y no de riesgos de vida (salarial, social, mA�dico, educativo, etcA�tera), al rango de prioridad de la acciA?n pA?blica (Wacquant, 2000:22).

Pegoraro amplA�a estas ideas y llama “Paradigma de la Inseguridad” al modelo social surgido con la retirada del Estado de Bienestar. La constelaciA?n de discursos que justifican sus consecuencias

[…] descansa en “la ciencia econA?mica” y convoca a coincidir con un criterio productivista y por lo tanto eficientista y contable. Con esto apunta a una estrategia en diversos A?rdenes de la vida social, creando una inseguridad creciente como la menor atenciA?n pA?blica a la salud, una escasa polA�tica de vivienda que no evita la exclusiA?n, una disminuciA?n en el sostenimiento de la educaciA?n pA?blica y una anulaciA?n drA?stica de los derechos laborales; ademA?s, el empobrecimiento de mA?s de dos tercios de la sociedad (Pegoraro, 1997:54/55).

En sA�ntesis, para Wacquant, se instaurA? un nuevo rA�gimen internacional de relaciones entre los campos polA�tico-burocrA?tico, econA?mico, mediA?tico e intelectual, que facililtA? y propiciA? el desarrollA? un proceso por el cual se borrA? al Estado EconA?mico, se debilitA? el Estado Social y se fortificA? el Estado Penal.

Esta A?ltima arista tiene su justificaciA?n en las polA�ticas de control y represiA?n de los que quedaran excluidos de la sociedad, valiA�ndose, para llevarlas a ejecuciA?n, de la “Tolerancia Cero”.

El Estado Penal

En Estados Unidos dos TT fueron los principales impulsores de la a�?Tolerancia Ceroa�?: la Heritage Foundation y el Manhattan Institute.

El Instituto Manhattan fue creado por Anthony Fischer (asesor de Margaret Thatcher) y William Casey (posteriormente, director de la CIA) y, en 1984, se encargA? de difundir la obra Losing Ground del politA?logo Charles Murray.

Difundir quiere decir que el Instituto contratA? un especialista en relaciones pA?blicas para promoverlo, se obsequiaron miles de ejemplares entre las A�lites polA�ticas, econA?micas y mediA?ticas, se manipulA? la invitaciA?n de Murray a los talks shows televisivos y a charlas en universidades. El Instituto llegA? a realizar un gran simposio sobre Losing Ground, en el cual participaron intelectuales, periodistas y polA�ticos23.

A?QuiA�n era Murray? Pues, un politA?logo desocupado y de mediocre reputaciA?n. El Instituto Manhattan le ofreciA? treinta mil dA?lares y dos aA�os de tranquilidad para escribir Losing Ground: American Social Policy, 1950-1980 (Wacquant, 2000:26).

A?QuA� decA�a Losing Ground? Pues, que

[…] la excesiva generosidad de las polA�ticas de ayuda a los indigentes serA�a responsable del ascenso de la pobreza en los Estados Unidos: recompensa la inactividad e induce la degeneraciA?n moral de las clases populares, y en especial esas uniones “ilegA�timas” que son la causa A?ltima de todos los males de las sociedades modernas, entre ellos las “violencias urbanas” (Wacquant, 2000:26).

Pero Murray no se durmiA? en los laureles y, en coautorA�a con el psicA?logo de Harvard Richard Hernstein, escribiA? The Bell curve: Intelligence and class structure in american life, donde afirman que las desigualdades sociales y de clase en USA son un reflejo de las diferencias en la inteligencia de cada individuo.

El coeficiente intelectual, entonces, determinarA�a quiA�n ingresa a la universidad y quiA�n no, pero tambiA�n quiA�n es millonario o desocupado, quiA�n vive en el sacramento del matrimonio y quiA�n en concubinato.

Como conclusiA?n, Murray y Hernstein explican que le Estado debe “[…] prohibirse intervenir en la vida social para intentar reducir desigualdades fundadas en la naturaleza, so pena de agravar los males que trata de aliviar al perpetuar a�?las perversiones del ideal igualitario originado en la RevoluciA?n Francesaa�� […]” (Wacquant, 2000:27).

El Instituto Manhattan se encarga de difundir, entonces, el trA�ptico, libre mercado-responsabilidad individual-valores patriarcales. Su leit motiv es el carA?cter sagrado de los espacios pA?blicos, indispensables para la vida urbana; por el contrario, el desorden es caldo de cultivo para el crimen de las clases pobres. Entre los asistentes a las conferencias que asiduamente organiza el Instituto, se encuentra el fiscal de Nueva York, Rudolph Giuliani.

Para justificar la “Tolerancia Cero”, el Instituto Manhattan vulgariza la “TeorA�a de la Ventana Rota”, formulada en 1982 por James Wilson y George Kelling. En pocar palabras, esta teorA�a dice que hay que reprimir hoy los pequeA�os delitos para evitar los grandes males en el futuro.

La “TeorA�a de la Ventana Rota”, que nunca fue confirmada empA�ricamente (Wacquant, 2000:29), sirviA? de sustento teA?rico para la polA�tica criminal impulsada por William Bratton, jefe de la policA�a municipal de Nueva York.

Bratton tenA�a por objetivo calmar el temor de las clases medias y altas -las que votan- al circular por los espacios pA?blicos, mediante el hostigamiento permanentes a los pobres en las plazas, calles, estaciones de A?mnibus, subterrA?neos… Para ello se valiA? de tres medios: 1) multiplicaciA?n de medios (agentes y equipos), 2) reasignaciA?n de responsabilidades en los comisarios de barrios (como si fueran gerentes de empresas cuyas ganancias fueran medidas en cantidad de arrestos), y 3) el relevamiento informatizado del accionar policial (v.gr. computadoras en los patrulleros).

La “Tolerancia Cero” consistiA?, bA?sicamente, en la lucha contra la delincuencia que “molesta” a la gente “honesta”: incidentes de trA?nsito, ruidos, amenazas, graffitis, vagabundos, mendigos, chicos de la calle, suciedades en la vA�a pA?blica…

La instumentaciA?n de esta polA�tica requiriA? un aumento del cuarenta por ciento en el presupuesto policial (que lo llevA? a cuadruplicar el presupuesto de los hospitales pA?blicos). Entretanto, los servicios sociales se vieron recortados en un treinta por ciento.

La “Tolerancia Cero”, segA?n Wacquant (2000), provocA? tres grandes consecuencias que no son difundidas por los TT conservadores. Por un lado ahondA? la desconfianza -y el desafA�o entre los jA?venes- de la comunidad afroamericana hacia la policA�a. Por otro lado, suscitA? un descomunal atascamiento en los tribunales. Asimismo, la ingente ola de arrestos produjo una cantidad tal de justiciables, que los jueces no dieron abasto para atender correctamente cada caso. Finalmente, la cantidad exagerada e incesante de arrestos sin motivo judicial, hizo que el A�ndice de desestimaciones de procesos judiciales creciera un sesenta por ciento desde 1993 (es decir, se movilizaron los aparatos policiales y judiciales sin otra necesidad que el acoso de las minorA�as de todo tipo).

(En la dA�cada del sesenta la demografA�a penitenciaria iba en baja. En 1975 la cantidad de detenidos habA�a caA�do a 380 000. El debate, en ese entonces, giraba en torno al desencarcelamiento, las penas sustitutas y el encierro sA?lo para los delincuentes mA?s peligrosos. Pero, en 1995, los recluidos llegaban a un millA?n y medio y, en la actualidad, a los dos millones. Este crecimiento es un fenA?meno sin precedentes ni comparaciA?n en ninguna sociedad democrA?tica24 (Wacquant, 2000:89). Asimismo, la gran masa de ciudadanos bajo tutela judicial llega a casi seis millones, si se cuentan a los procesados o bajo libertad condicional25.)

Esta polA�tica, consecuencia del ya mencionado reacomodamiento de la sociedad neoliberal, estA? entrelazada con otros aspectos de la vida comunal, como, por ejemplo, el trabajo precario.

Lawrence Mead publicA? en 1986 Beyond Entitlement: The social Obligations of Citizenship, en el que, a diferencia de Murray, establecA�a que el fracaso de la lucha con la pobreza no fue por la existencia de un Estado generoso, sino porque A�ste era muy permisivo, no obligaba en nada a sus beneficiarios.

[…] el trabajo asalariado de miseria tiene que elevarse al rango de deber cA�vico […], sin lo cual no encontrarA? quien lo acepte. Justo diagnA?stico. Mead tiene el mA�rito de ver y hacer ver que la generalizaciA?n del trabajo precario, que algunos presentan como una “necesidad econA?mica”, lamentable, en verdad, en ciertos aspectos, pero ideolA?gicamente neutral y en todo caso materialmente ineluctable, se apoya en realidad en el uso directo de la coacciA?n polA�tica y participa de un proyecto de clase […] (Wacquant, 2000:45).

De aquA� en mA?s, el lema serA? “la mejor respuesta a la pobreza serA? dirigir la vida de los pobres” (Wacquant, 2000), regresando a

[…] una visiA?n atomista de la sociedad como mera colecciA?n serial de individuos guiados alternativamente por su interA�s bien comprendido […] y por una “cultura” de la que manan milagrosamente sus estrategias y sus posibilidades de vida; explicaciA?n individualista de un hecho social en violaciA?n flagrante del primer precepto del mA�todo sociolA?gico (que sostiene que un hecho social siempre debe explicarse mediante otro hecho social), declarado caduco en la nueva “sociedad meritocrA?tica” por fin alcanzada; borramiento de la divisiA?n en clases sociales, ventajosamente reemplazada por la oposiciA?n tA�cnica y moral entre los “competentes” y los “incompetentes”, los “responsables” y los “irresponsables”, en que las desigualdades sociales no son ya sino un reflejo de esas diferencias de “personalidad” […] (Wacquant, 2000:47).

Esta visiA?n condena per se a los barrios marginales, estigmatizA?ndolos como cultivos de delincuentes. Por ejemplo si los guetos negros o mexicanos de Estados Unidos concentran tantas patologA�as criminales urbanas es en razA?n del doble rechazo, de casta y de clase, que sufren sus residentes, y del aislacionismo que reciben por parte de las polA�ticas pA?blicas. No es producto de “una dinA?mica conductista endA?gena que verA�a cA?mo los arroyos de las ‘pequeA�as fechorA�as’ confluyen naturalmente en el rA�o bramador de las grandes ‘violencias urbanas'” (Wacquant, 2000:59).

La ideologA�a neoliberal postula la separaciA?n hermA�tica entre lo econA?mico (regido por el mecanismo neutral, fluido y eficiente del mercado) y lo social (habitado por la arbitrariedad imprevisible de las pasiones y los poderes), la nueva doxa penal postula el hiato neto y definitivo entre las circunstancias sociales y el acto criminal26, las causas y las consecuencias, la sociologA�a que explica y el derecho que regula y sanciona (Wacquant, 2000:60).

El blanco de esta polA�tica criminal en los pobres y marginados del modelo de sociedad neoliberal, es decir, en la delincuencia que molesta, hizo decir al criminA?logo Adam Crawford que

El concepto “tolerancia cero” es una designaciA?n errA?nea. No implica la rigurosa aplicaciA?n de todas las leyes, que serA�a imposible -por no decir intolerable-, sino mA?s bien un imposiciA?n extremadamente discriminatoria contra determinados grupos de personas en ciertas zonas simbA?licas. A?DA?nde estA? la tolerancia cero de los delitos administrativos, el fraude comercial, la contaminaciA?n ilegal y las infracciones contra la salud y la seguridad? En realidad serA�a mA?s exacto describir las formas de actividad policial realizadas en nombre de la “tolerancia cero” como estrategias de “intolerancia selectiva” (Wacquant, 2000:17).

Hoy, William Bratton se pasea por el mundo (en Buenos Aires estuvo en el 2000), promocionando sus polA�ticas criminales. Es verdad que bajA? el A�ndice de delincuencia de la ciudad de Nueva York, pero esa ya era una tendencia que se reflejaba en aA�os anteriores. AdemA?s, no menciona las consecuencia negativas de la “Tolerancia Cero”, ni que en otras ciudades de USA la delincuencia decreciA? por otras vA�as.

Comunas como las de Boston, San Diego, San Francisco, New Haven… lograron los mismos efectos que en Nueva York, pero recurriendo a la “policA�a comunitaria” o “de cercanA�as”, a la resoluciA?n de conflictos mediante la colaboraciA?n de los vecinos, a una disminuciA?n de denuncias junto a la recuperaciA?n de la popularidad policial, merma en la circulaciA?n de armas en la sociedad y a las vinculaciones con instituciones de la sociedad civil, como las iglesias (Wacquant, 2000:13/14).

De igual modo, Wacquant cree que los Estados-naciA?n se enfrentan a una triple alternativa para mermar la delincuencia. La primera es parchar los programas vigentes de lo que queda del Estado de Binestar; la segunda consiste en criminalizar la pobreza o confinarla a ghettos, y la tercera, mA?s progresista, apunta a la “reconstrucciA?n fundamental del Estado de Bienestar que adapte su estructura y sus polA�ticas a las condiciones econA?micas y sociales emergentes” (Wacquant, 2001:186) y, especialmente a la generaciA?n de empleo (Chiaravalli, 2000, en entrevista con L.Wacquant). A lo que agrega Mario Bunge que

[…] para disminuir la delictuosidad y rehabilitar al delincuente hay que empezar por averiguar las causas de la delictuosidad y las maneras de manipular esas causas. SA?lo asA� se podrA?n disminuir apreciablemente sus efectos (Bunge, 2000).

Desde los medios se pregona incesantemente la inseguridad pA?blica, pero sA?lo la referida a la criminalidad callejera. Y aA?n en estos casos, soslayan las causas profundas del delito y se ensaA�an con el acontecimiento aislado. La connivencia de los dirigentes polA�ticos es notoria, v.gr. cuando legislan para que la muerte de un policA�a valga mA?s que la de cualquier otra persona27 o cuando los presos son varias veces marginados por sus delitos, origen, condiciA?n social, color de piel, salud (Cardozo, 2000). Parecen dos actitudes independientes y naturales de los campos periodA�stico y polA�tico en el contexto de la sociedad actual, pero, como se explicara a lo largo de estas pA?ginas, podrA?n ser cualquier cosa, menos casuales o inocentes.

 

NOTAS:

1 Pablo Abiad (2002): “Condenan a la Federal por un cabo que baleA? a otro policA�a”, en ClarA�n, 19 de abril de 2002.

2 Aunque tambiA�n resulta llamativo que la informaciA?n no dA� cuenta de lo sucedido con los dos supuestos criminales y sA� lo haga con respecto a los policA�as y a la mujer.

3 IbA�dem.

4 Declaraciones del entonces candidato a la gobernaciA?n de la provincia de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, en las que explicaba su polA�tica criminal si llegaba a ser electo (ClarA�n, 4 de agosto de 1999).

5 La expresiA?n Think Tanks puede traducirse como “usinas de pensamiento” o “tanques/generadores de ideas”.

6 Traducido como sub-clase, categorA�a refutada por los sociA?logos franceses Bourdieu y Wacquant en su trabajo Las argucias de la razA?n imperialistas, PaidA?s, Buenos Aires, 2001.

7 La cita estA? extraA�da del site de la FundaciA?n, en www.ieral.org, el 5 de mayo de 2002.

8 IbA�dem.

9 Silvia Naishtat (2002): “A?Se acuerda de los thik tanks?”, en ClarA�n, 28 de abril de 2002.

10 En este sentido, bien podrA�an ser considerados TT los programas periodA�sticos DetrA?s de las Noticias, Periodistas o DespuA�s de Hora, de Jorge Lanata y CA�a., Ernesto Teneuman y CA�a. y Jorge Hadad y CA�a, respectivamente. Ellos tratan dA�a a dA�a la crisis, brindando informaciA?n y opiniA?n -cada cual en su lA�nea-, con los riesgos que conlleva explicar con rapidez, sin la debida investigaciA?n, comprobaciA?n, anA?lisis, consultas… y, encima, con los requerimientos del infoteinment (informaciA?n mA?s entretenimiento, pensando en el rating).

11 Bourdieu y Wacquant aclaran que el tA�rmino se aplica no sA?lo a los norteamericanos, ya que esa aspiraciA?n de universalidad es, precisamente, universal (Bourdieu-Wacquant, 2001:7).

12 Esta concepciA?n del “poder” de una persona o instituciA?n, esta relacionada estrechamente con las teorA�as de Michel Foucault, para quien el poder no es una potencia dada que se ejerce de unos -que la tienen-, sobre otros, que no la tienen. Para Foucault el poder es mA?s bien un sistema de fuerzas en el que cada uno se inscribe en un complejo entramado de redes y ejerce una cuota de poder de acuerdo a la situaciA?n estratA�gica que se ocupa en un momento establecido en una sociedad determinada.

13 Esta teorA�a “[…] atribuye a las miras conscientes y las estrategias coordinadas de un grupo, o […] de un paA�s, el producto de mecanismos y encadenamientos institucionales que nadie, por poderoso que sea, controla” (Wacquant, 2000:23)

14 TA�rmino del crA�tico uruguayo Angel Rama.

15 En LatinoamA�rica, el tema fue estudiado por MarA�a Eugenia Mudrovcic, de la Universidad de Michigan; su trabajo Mundo Nuevo. Cultura y Guerra FrA�a en la dA�cada del ’60, hace hincapiA� en el accionar de la CIA en el prolA�fico mundo literario sudamericano.

16 Conceptos vertidos por Juan Pegoraro en su descripciA?n del Paradigma de la Inseguridad.

17 Brzezinski serA�a despuA�s Consejero Personal para Asuntos de Seguridad Nacional del presidente James Carter. Este, por su parte, intensificA? el modelo de desregulaciA?n interna de la economA�a (ferrocarriles, gas, telecomunicaciones…), facilitando jurA�dicamente la globalizaciA?n de las redes. Carter llegA? a la Presidencia de Estados Unidos con el apoyo del Chase Manhattan Bank, del Bank of America, de Coca Cola, Hewlett-Packard, CBS, entre otras corporaciones integrantes de la Trilateral.

18 Huntington serA�a cA�lebre despuA�s con la escritura de El choque de civilizaciones, trabajo que se verA�a repotenciado despuA�s del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

19 Al que habrA�a que agregar, en la Argentina, a Carlos Menen y sus epA�gonos.

20 Entrevista publicada en el New York Times, el 1 de agosto de 1976. En igual sentido, el financista Edmond de Rothschild expresA? en la revista Enterprise que “[…] la estructura que debe desaparecer es la naciA?n”.

21 ReuniA?n del FMI, el BM, el BID y otras instituciones, donde se delinearon las polA�ticas que marcarA�an la senda de la economA�a mundial, a saber: desregulaciA?n, flexibilizaciA?n, omnipresencia del mercado y la democracia (aunque, esta A?ltima, no era imprescindible, como se verA? posteriormente, vgr. en Venezuela).

22 ExpresiA?n acuA�ada por Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, para referirse al conjunto de principios econA?micos y sociales, de corte exacervadamente neoliberales, que deben regir, como A?nica alternativa para el progreso, el destino de las naciones.

23 Los invitados concurrieron con todos los gastos pagos en hoteles de lujo de la ciudad de Nueva York (Wacquant, 2000:26), actitud que ejemplifica el trabajo ya mencionado de Saunders sobre la Guerra FrA�a Cultural.

24 Este aparente crecimiento desmesurado de la delincuencia sirviA? para justificar la industria contra el crimen que floreciA? en los noventa: mA?s policA�as, mA?s cA?rceles, industria de la construcciA?n y gestiA?n de penitenciarA�as, policA�a privada… El filA?sofo Mario Bunge dice que “Viven del delito no sA?lo los rateros, asaltantes, estafadores, falsificadores, extorsionistas, fulleros, coimeros, narcotraficantes, contrabandistas, alcahuetes, pederastas, tratantes de niA�os y blancas, estupradores, curanderos, brujos, adivinos, vendedores de aceites de culebra, terroristas y asesinos profesionales, incluidos los matones [a��] TambiA�n viven del delito policA�as, delatores, detectives, abogados, procuradores [a��] jueces, empleados de tribunales, guarciacA?rceles, torturadores, verdugos, constructores y proveedores de cA?rceles, y polA�ticos que exageran el peligro de la delincuencia para conseguir votos (Bunge, 2000).

25 Cerca del 10 % de la poblaciA?n negra estA? bajo proceso judicial, contra un 2% de la blanca. En la cA?rcel, la relaciA?n es de 1 a 7,5, lo que habla a las claras hacia dA?nde apunta la “Tolerancia Cero”.

26 Para una refutaciA?n acabada de la mitologA�a neoliberal que sostiene que el delito es consecuencia de carencias individuales morales y de comportamiento, ver John Hagan y Ruth Peterson (comps.): Crime and inequality, Stanford, Stanford University Press, 1995.

27 v.gr.: La NaciA?n, a�?Diputados aprobarA�a el agravamiento de penas para asesinos de policA�aa�?, 21 de mayo de 2002 y ClarA�n, a�?A?Penas mA?s duras para los asesinos de policA�as?a�?, 31 de marzo de 2002.

 

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Narrativas, nro. 19, julio / septiembre de 2009, ISSN 1668-6098.