Las usinas de pensamiento y las estrategias de intolerancia selectiva

La pobreza que molesta

 

Adrián Eduardo Duplatt
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El policía de la Bonaerense Aldo Julián de la Rosa esperaba, en la zona de Quilmes, el colectivo azul y verde que habitualmente lo llevaba a su casa. Ese 7 de junio de 1993, bolso en mano, subió al interno 166 de la línea 159, y sacó su boleto. Miró hacia los últimos asientos y le susurró al chofer: “Ahí atrás hay dos chorros… cuando yo grite Alto, Policía, vos frenás el colectivo”. Se dirigió lentamente hacia los sospechosos, mientras miraba distraídamente al resto de los pasajeros, como si estuviera decidiendo cuál sería la mejor ubicación. Cuando llegó al final del pasillo, extrajo del bolso un arma con la rapidez de un mago sacando conejos de la galera y gritó: ALTO… POLICÍA. El transporte se detuvo bruscamente.

Por los gritos y la frenada, un hombre que dormía en el primer asiento se despertó y vio la escena a sus espaldas. Se incorporó de inmediato, arma en mano. Disparó seis veces sin mediar palabra alguna. De la Rosa recibió dos proyectiles en sus glúteos, uno de los sospechosos fue herido en la frente y una pasajera, en el pecho. El hombre que había disparado era Francisco Javier Serrano, cabo de la Policía Federal.

Tanto la mujer como el policía de la Bonaerense salvaron sus vidas. La institución federal fue condenada a pagar las correspondientes indemnizaciones por la Sala III de la Cámara Federal Civil y Comercial, y Serrano continuó prestando servicios en la policía1.

Ahora bien, lo interesante de esta historia es la forma en que De la Rosa identificó a los chorros2. Según su declaración en la Justicia, lo que le llamó la atención fue que eran “morochos, con camperas negras y pelo largo”3. Es decir, cumplían con el biotipo del delincuente bonaerense, construido pacientemente por los medios de comunicación y desde ciertos sectores de la dirigencia política. Y el policía -los dos policías- actuaron como se espera que lo hagan ante esas situaciones cotidianas: discriminación y gatillo fácil. Como dijera el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, “hay que meterle bala a los ladrones”4.

Este amalgama de racismo, violencia y justificación oficial, no nace por generación espontánea. Responde a un cambio de las relaciones sociales y económicas que se viene consolidando desde hace unos treinta años en Estados Unidos, y que rebalsa aceleradamente al resto del mundo. Se trata de una mutación en la que el Estado se retira de ciertas funciones y asume plenamente otras: deja de ser un Estado Social, para transformarse en un Estado Penal.

La difusión de las ideas que justifican pseudocientíficamente el fin del Welfare State, se debe, en gran parte, a la labor concienzuda e ininterrumpida de los think tanks5 (TT) neoliberales, que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se dedicaron a propalar su credo libremercadista en el sistema económico mundial y, como panacea para sus consecuencias sociales, la configuración de un Estado Penal que contuviera a los siempre molestos excluidos o underclass6.

Ahora bien, para entender cómo fue posible la difusión de estas ideas a nivel planetario, es necesario conocer qué son y cuáles son los mecanismos con los cuales operan los TT.

Los think tanks

El término TT, relativamente novedoso, nace en los Estados Unidos, donde “la institucionalidad no-gubernamental, no lucrativa, es sumamente extendida, abarcando prácticamente todo el amplio espectro de problemáticas sociales y humana” (Thompson, 1994:9). Por la extensión que han alcanzado las instituciones sin fines de lucro en general, se las ha llamado, en su conjunto, como el Tercer Sector y a los TT, en particular, como un gobierno en las sombras por su influencia en las decisiones políticas.

En 1948 nace el que podría considerarse el primer TT: la RAND Corporation (Research and Development Corp.), proveniente de un grupo de investigación de la Fuerza Aérea Norteamericana, y que contaba con fondos de la Ford Foundation para influir en la “formulación de políticas y de cumplir un papel de ‘brokers’ de tecnología” (Thompson, 1994:10). En este sentido, ligan el conocimiento con el poder, la ciencia con la política, se preocupan por variopintos problemas de la sociedad y elaboran recomendaciones a discreción.

El rol institucional que cumplen todos los TT es el de investigar, enseñar, capacitar y realizar consultorías. Su financiación proviene del Estado o, en la mayoría de los casos, de empresas y fundaciones privadas. Cabe acotar que están exentas del impuesto a las ganancias (Thompson, 1994).

Los TT pueden ser instituciones públicas o privadas, académicas -como las universidades- u Organizaciones No Gubernamentales.

Su influencia como “voz experta” es cada vez más notoria, ya que, si bien

[…] no todos establecen políticas agresivas de formación de opinión, los “think tanks” son una fuente segura a donde los medios de comunicación pueden recurrir para obtener opiniones sobre las acciones del gobierno. La presencia pública de los miembros de los “thik tanks” en vivo (y no solo a través de los resultados de sus investigaciones) ha aumentado notablemente en los últimos años, lo que también puede estar asociado a como ello redunda en mayores posibilidades de financiamiento individual o institucional (Thompson, 1994:20).

Entre los principales TT de Estados Unidos se encuentran: Rand Corporation, Brookings Institution, Heritage Foundation, Hoover Institution y el Urban Institute (Thompson, 1994:11), a los que habría que agregarle el Manhattan Institute.

En la Argentina se encuentran, entre otros, la Fundación Mediterránea, la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) y el Centro de Estudios Macroeconómicos (CEMA).

El CEMA fue fundado por un grupo de egresados de la Universidad de Chicago, en tanto la Fundación Mediterránea fue creada en 1977

[…] por iniciativa de 34 empresas de la provincia de Córdoba […] con el objeto de promover la investigación de los problemas económicos nacionales, contribuir al mejor conocimiento y solución de los problemas económicos latinoamericanos y crear un foro apartidista donde se discutan los grandes problemas nacionales y latinoamericanos; donde hombres estudiosos aporten su inteligencia para disñar soluciones económicas con el solo condicionamiento impuesto por la adhesión irrenunciable al respeto de la libertad y dignidad de la persona humana […]7

Para alcanzar esos objetivos, la Mediterránea contó con el inapreciable aporte del ex ministro de economía Domingo Cavallo -a quien llegó a pagarle el sueldo cuando estaba en función oficial- y del Instituto de Estudios Económicos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IEERAL) -creado por la propia Fundación-.

Estos dos TT argentinos tenían como propósito último que sus estudios contribuyeran

[…] a realizar un país próspero, con una conformación social que ofrezca la igualdad de oportunidades a sus habitantes y con una economía integrada, dinámica y eficiente, que asegure el continuo mejoramiento de la calidad de vida de todos los argentinos.8

Los objetivos explícitos son loables, aunque, con la realidad argentina a la vista, habría que determinar si sus contribuciones coadyuvaron culposamente a la crisis argentina o, en realidad, los fines implícitos son otros, que sí se cumplieron.

Otro TT importante en el país es el Grupo Fénix, que estaría en las antípodas doctrinarias de las anteriores instituciones. Este grupo está formado por economistas de todo el país -entre ellos Aldo Ferrer- y se distinguen por no seguir la ortodoxia neoliberal. Pero, en el marco de una economía fundamentalista de mercado, los medios de comunicación -como empresas que son- no prestan igual predisposición para atender y diseminar el pensamiento de quienes cuestionan el modelo imperante. No es de extrañar, entonces, que la Fundación Mediterránea, el Fiel o el CEMA, ocupen muchos más minutos o páginas en los medios periodísticos.

Los TT están para marcar la senda correcta que deben seguir los demás, por ejemplo el gobierno argentino. Sin embargo, la incertidumbre actual del país -mayo de 2002- y la conflictiva situación política, económica y social “parecen haber dejado en la perifera y sin propuestas a las célebres think tanks”9. Mas, cuando las respuestas académicas -públicas o privadas- no elaboran una célere respuesta, los medios de comunicación sí lo hacen con la urgencia necesaria, la rapidez que los caracteriza y los peligros que ello implica10.

De una u otra manera, con unos actores u otros, las corrientes de pensamiento de los países centrales -de USA en la actualidad-, se propagan sin miramientos por el resto del mundo. Habría que determinar, ahora, cuáles son los procedimientos que facilitan esa diseminación indiscriminada.

La difusión del pensamiento de los TT

Los estudios e investigaciones de los TT -especialmente los norteamericanos- circulan rápidamente por los claustros académicos y políticos del mundo. Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant se preguntaron cómo era ello posible y ensayaron algunas respuestas.

En principio, definen el imperialismo cultural11 como “[…] el poder de universalizar los particularismos vinculados a una tradición histórica singular, haciendo que resulten irreconocibles como tales particularismos” (Bourdieu-Wacquant, 2001:7).

Es decir, se trasladan al resto de los países, problemáticas, análisis, conceptos y categorías, que son propias de una sociedad determinada con una historia particular. Se generalizan tesis con las que se argumenta, “pero sobre las cuales no se argumenta” (Bourdieu-Wacquant, 2001:8).

La neutralización del contexto histórico provoca una aparente universalización que se respalda teóricamente desde los TT (proceso de teorización). Así

[…] “planetarizados” y mundializados, en un sentido estrictamente geográfico, por causa de su desarraigo, a la vez que se ven desparticularizados por el efecto de desplazamiento de sentido que produce la conceptualización, estos lugares comunes de la gran vulgata planetaria, a los que la persistente repetición mediática poco a poco va convirtiendo en sentido común universal, consiguen que se olvide que son fruto de las realidades complejas y controvertidas de una sociedad histórica particular, tácitamente constituida en modelo y en medida de todas las cosas (Bourdieu-Wacquant, 2001:10).

Esta evolución de la ideas se realiza, entonces, gracias a la trama que se configura entre los campos políticos, económico, mediático y académico. Es importante destacar que la influencia aislada de un TT o de una personalidad no es suficiente para consolidar la difusión de ideas, ya que para Wacquant, en consonancia con las ideas de Michel Foucault,

[…] el éxito de tal o cual participante (persona u organización) en el vasto tráfico transcontinental de ideas y políticas públicas […] no obedece a la “influencia” de que goza a título individual […], sino a la posición que ocupa dentro de la estructura de las relaciones de competencia y colusión, subordinación y dependencia, que lo unen a todos los demás protagonistas y que están en el origen de los efectos que es susceptible de ejercer (Wacquant, 2000:23)12.

La figura del intelectual solitario, que blande estoicamente sus ideas y sus escritos, con el complemento de la “teoría de la conspiración”13, no es más que la concreción “[…] personal e institucional, de sistemas de fuerzas materiales y simbólicas que los atraviesan y superan” (Wacquant, 2000:24).

Para Wacquant, la actividad de los actuales TT no serían otra cosa que la manifestación de “[…] un nuevo régimen internacional de relaciones entre el campo político burocrático, el económico, el mediático y el intelectual” (Wacquant, 2000:23).

Las ideas del imperialismo cultural se imponen, por lo tanto, por una conjunción de los TT conservadores y de sus aliados en la dirigencia política y los medios de comunicación, tanto del país del origen, como de los países receptores.

La violencia simbólica

[…] no se ejerce nunca sin alguna forma de complicidad (arrebatada) de quienes la sufren, y la “globalización” de los temas de la doxa social americana o de su transcripción, más o menos sublimada, en el discurso semierudito no sería posible sin la colaboración, consciente o inconsciente, directa o indirectamente interesada, de todos los “barqueros” e importadores de productos culturales con etiqueta o sin etiqueta (editores, directores de instituciones culturales, museos, óperas, galerías, revistas, etc) que en el propio país o en los países diana proponen y propagan, con frecuencia de buena fe, los productos culturales americanos, y de todas las instancias culturales americanas que, sin estar explícitamente concertadas, acompañan, orquestan y a veces incluso organizan el proceso de conversión colectiva a la nueva Meca simbólica (Bourdieu-Wacquant, 2001:29/30).

Y en una sociedad mediática por excelencia, donde la producción y circulación de información es, además, una de las industrias más lucrativas, no es de extrañar que el campo periodístico sirva de esencial soporte para las ideas que emanan de los centros intelectuales. Estos -los medios-, incluso, llegan a promover personalidades que no cumplen acabadamente con los cánones científicos. Bourdieu y Wacquant hablan de “la desaparición de la frontera entre edición universitaria y edición comercial” (Bourdieu-Wacquant, 2001:32), donde suele primar el criterio marquetinero para la publicación de los trabajos de investigación.

Por su parte, los promotores vernáculos del pensamiento foráneo responden a una doble heteronomía: por un lado miran hacia el exterior para aggiornarse y ser progresistas, pero, por otro, son dependientes de esos trabajos porque desconocen la realidad institucional y cultural de donde provienen (Bourdieu-Wacquant, 2001). Y, como si fuera poco, tienden al periodismo buscando el éxito rápido, tratando temas soft -ni muy eruditos, ni tan simples en su narrativa- que siguen el mandato de los medios de comunicación. Las temáticas pueden ser, v.gr. la delincuencia juvenil, la xenofobia, el racismo… todo con un lenguaje accesible a la comunidad, pero inoculando conceptos, teorías y categorías, que provienen de realidades históricamente disímiles.

Como ya se señalara, el campo político también juega un papel destacado en dicho proceso. En este sentido es relevante la actuación durante la Guerra Fría de la Agencia Central de Intelgencia de los Estados Unidos (CIA).

Frances Stonor Saunders, tras años de investigación, llevó a la luz el accionar de la CIA en el terreno cultural durante el enfrentamiento USA-URSS (Saunders, 2002). Basándose en entrevistas, documentación reservada, datos, fotografías, correspondencia… Saunders demuestra que la Inteligencia norteamericana invirtió en sobornos, pensiones políticas, becas y subsidios a congresos, editoriales, revistas y conferencias de intelectuales que, aún inconscientemente, apoyaban el sistema capitalista. También era común que organizaran giras por centros académicos y políticos de personajes afines, con gastos pagos en hoteles de categoría, cruceros y otras actividades reconfortantes. La CIA coincidía, a regañadientes, con Antonio Gramsci, quien, a principios del siglo XX, profetizó que las futuras guerras se ganarían en el terreno intelectual.

Para brindar la “fachada cultural”14, la CIA se valió de fundaciones como la Ford, Rockefeller o Carnegie, auténticas fuentes económicas de los TT americanos15.

En un principio se señaló que la política de “meter bala a los ladrones”, del entonces candidato a gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, no fue un hecho aislado, ni un lapsus temperamental, sino que obedecía a una tendencia que implicaba solucionar los problemas que acarreaba la retirada social del Estado, con un mayor control social y una criminalización de la pobreza creciente.

Corresponde, pues, dilucidar la manera en que estos dos principios -neoliberalismo y represión- se consolidaron como hegemónicos a fines del siglo XX.

Los TT y el neoliberalismo

A la salida de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se hundió en la Guerra Fría contra la Unión Soviética. El capitalismo debía vencer al comunismo y seducir a sus ciudadanos para abrazar insoslayablemente el american way of life. Ello, sumado a las enseñanzas de la crisis de 1930, conjugó la conformación del Estado de Bienestar, un sistema basado en un modo de producción fordista, bajo la tutela de un gobierno keynesiano.

Se trató de la institucionalización de un “principio de compensación” (Luhman) por el cual se garantizaba a los ciudadanos la educación, la salud, la justicia, una vivienda digna, trabajo, seguro de desempleo… El Estado actuaba como un reductor de incertidumbres como ideaba Hobbes16.

Esta seguridad social trajo aparejada una ola de libertad y luchas por los derechos civiles y de las minorías, sobre todo en Estados Unidos. Los Nuevos Movimientos Sociales (feministas, gays, indigenistas, raciales, pacifistas…), contribuyeron, a fines de los sesenta y principios de los setenta, a consolidar el Estado de Bienestar (Caparrós, 2002).

Pero, ya en los setenta, entra en crisis la confianza de las dirigencias política y empresaria en el modelo de crecimiento de la economía mundial.

En diciembre de 1971, el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, decide unilateralmente el fin de la convertibilidad en oro del dólar, lo que provoca el derrumbe del sistema monetario internacional y las tribulaciones de las instituciones de Bretton Woods. En 1974 se liberalizan los movimientos de capitales en Estados Unidos y comienza una economía financiera meramente especulativa, disociada de la economía real (Mattelart, 2000).

Estas situaciones se dan en un contexto del encarecimiento del petróleo (1974), las presiones del Grupo de los 77 (no alineados) por equilibrar las inicuas relaciones internacionales y el estancamiento de la producción industrial de las economías avanzadas.

Así, con este clima, en julio de 1973,

[…] David Rockefeller, presidente del Chase Manhattan Bank, lanza la Comisión Trilateral. Compuesta por más de doscientas personalidades pertenecientes a los círculos intelectuales, políticos, y al mundo de los negocios de América del Norte, Europa Occidental y Japón, este auténtico Estado Mayor de la crisis se plantea como objetivo el establecimiento de un nuevo consenso entre las regiones miembros de este “triálogo” […] (Mattelart, 2002).

La Trilateral, presidida por Zbigniew Brzezinski17, encarga a tres sociólogos la investigación y redacción de un informe situacional. Los expertos elegidos son el francés Michel Crozier, el norteamericano Samuel P. Huntington18 y el japonés Joji Watanuki.

El informe se publica en 1975 y se tituló La crisis de la democracia. “La idea central que recorre el libro es la idea de exceso” (Caparrós, 2002).

El Estado de Bienestar provocó la reacción de los patrones; los trabajadores aparecían como demasiados poderosos. La gente abusaba de la participación y de la igualdad. Y una democracia se torna ingobernable si la gente pide demasiadas cosas, porque instala la enfermedad de la inflación. Huntington llegó a afirmar que “Hemos llegado a reconocer que el crecimiento económico tiene límites. También tiene límites potencialmente deseables la extensión indefinida de la democracia política” (Huntington et al, 1975). Cuanto más democrático es un sistema, más expuesto está a amenazas internas que provienen de la efervescencia social y las demandas que el gobierno no puede satisfacer, ni controlar.

¿Cuáles son las soluciones que proponen Crozier, Huntington y Watanuki? Pues, sencillamente, menguar la intervención popular, reducir la igualdad, minimizar el Estado de Bienestar y desplazar del centro de las preocupaciones gubernamentales el tema de la desocupación, que había sido el gran tema de las democracias occidentales luego de la depresión de 1930. La desocupación es reemplazada por la inflación, que se torna la cuestión macroeconómica por excelencia, relegando a la primera a la microeconomía de las relaciones entre trabajadores y empleadores. Por ello la flexibilización, la privatización y las desregulaciones se vuelven centrales para Thatcher y Reagan19 (Caparrós, 2002). Estas recomendaciones significaron la denuncia del contrato social fordista keynesiano.

Asimismo, un comunicado del Comité Directivo de la Trilateral, emitido en Kyoto en 1975, expresa que la Comisión espera que todos los gobiernos participantes comprendan la necesidad de afianzar la interdependencia por encima de los mezquinos intereses nacionales, y Brzezinski afirmó en 1976 que “[…] en nuestros días, el Estado-nación ha dejado de jugar su papel […]”.20

Con la caída del bloque comunista a fines de los ochenta, se conformó en 1990 el Consenso de Washington21, que aunó todos estos conceptos y políticas bajo el signo de la globalización y el dogma del “Pensamiento Unico”22.

La Comisión Trilateral, luego de años de prédica, veía coronados sus anhelos planetarios. En la Argentina, la Fundación Mediterránea, el FIEL y el CEMA, entre otros TT, fueron los encargados de difundir el “Pensamiento Unico”.

Pues bien, la retirada del Estado de Bienestar, reemplazado por un Estado de Malestar, implicó la transformación del “principio de seguridad” en un Paradigma de la Inseguridad (Pegoraro, 1997).

De este modo fue necesario que el Estado se retirara completamente de la actividad económica, minimizara su función social y ampliara escandalosamente su actividad represora a fin de contener la ingente masa de excluidos de la sociedad global. Un ejemplo de esta tendencia fue la política de “Tolerancia Cero” aplicada en la ciudad de Nueva York, bajo la alcaldía de Rudolph Giulliani.

Los TT y la “Tolerancia Cero”

Wacquant afirma que las instituciones que prepararon el advenimiento de los neoliberales Reagan y Thatcher, son las mismas que, diez años después, dieron sustento teórico a la aparición del Estado-penitencia, revelando “[…] los lazos orgánicos, tanto ideológicos como prácticos, entre el debilitamiento y retroceso del sector social del Estado y el despliegue de su brazo penal” (Wacquant, 2000:25).

Como ya se señalara, los TT neoliberales socavaron los cimientos del Welfare State, acusándolo de ser el culpable de la crisis económica y política del mundo occidental. Por ello,

A la manera de un buen padre de familia que actuó demasiado tiempo con ternura y tolerancia, en lo sucesivo el Estado providencia […] debería adelgazar y luego obrar con severidad con sus fieles disipados y elevar “la seguridad”, definida estrechamente en términos físicos y no de riesgos de vida (salarial, social, médico, educativo, etcétera), al rango de prioridad de la acción pública (Wacquant, 2000:22).

Pegoraro amplía estas ideas y llama “Paradigma de la Inseguridad” al modelo social surgido con la retirada del Estado de Bienestar. La constelación de discursos que justifican sus consecuencias

[…] descansa en “la ciencia económica” y convoca a coincidir con un criterio productivista y por lo tanto eficientista y contable. Con esto apunta a una estrategia en diversos órdenes de la vida social, creando una inseguridad creciente como la menor atención pública a la salud, una escasa política de vivienda que no evita la exclusión, una disminución en el sostenimiento de la educación pública y una anulación drástica de los derechos laborales; además, el empobrecimiento de más de dos tercios de la sociedad (Pegoraro, 1997:54/55).

En síntesis, para Wacquant, se instauró un nuevo régimen internacional de relaciones entre los campos político-burocrático, económico, mediático e intelectual, que facililtó y propició el desarrolló un proceso por el cual se borró al Estado Económico, se debilitó el Estado Social y se fortificó el Estado Penal.

Esta última arista tiene su justificación en las políticas de control y represión de los que quedaran excluidos de la sociedad, valiéndose, para llevarlas a ejecución, de la “Tolerancia Cero”.

El Estado Penal

En Estados Unidos dos TT fueron los principales impulsores de la “Tolerancia Cero”: la Heritage Foundation y el Manhattan Institute.

El Instituto Manhattan fue creado por Anthony Fischer (asesor de Margaret Thatcher) y William Casey (posteriormente, director de la CIA) y, en 1984, se encargó de difundir la obra Losing Ground del politólogo Charles Murray.

Difundir quiere decir que el Instituto contrató un especialista en relaciones públicas para promoverlo, se obsequiaron miles de ejemplares entre las élites políticas, económicas y mediáticas, se manipuló la invitación de Murray a los talks shows televisivos y a charlas en universidades. El Instituto llegó a realizar un gran simposio sobre Losing Ground, en el cual participaron intelectuales, periodistas y políticos23.

¿Quién era Murray? Pues, un politólogo desocupado y de mediocre reputación. El Instituto Manhattan le ofreció treinta mil dólares y dos años de tranquilidad para escribir Losing Ground: American Social Policy, 1950-1980 (Wacquant, 2000:26).

¿Qué decía Losing Ground? Pues, que

[…] la excesiva generosidad de las políticas de ayuda a los indigentes sería responsable del ascenso de la pobreza en los Estados Unidos: recompensa la inactividad e induce la degeneración moral de las clases populares, y en especial esas uniones “ilegítimas” que son la causa última de todos los males de las sociedades modernas, entre ellos las “violencias urbanas” (Wacquant, 2000:26).

Pero Murray no se durmió en los laureles y, en coautoría con el psicólogo de Harvard Richard Hernstein, escribió The Bell curve: Intelligence and class structure in american life, donde afirman que las desigualdades sociales y de clase en USA son un reflejo de las diferencias en la inteligencia de cada individuo.

El coeficiente intelectual, entonces, determinaría quién ingresa a la universidad y quién no, pero también quién es millonario o desocupado, quién vive en el sacramento del matrimonio y quién en concubinato.

Como conclusión, Murray y Hernstein explican que le Estado debe “[…] prohibirse intervenir en la vida social para intentar reducir desigualdades fundadas en la naturaleza, so pena de agravar los males que trata de aliviar al perpetuar ‘las perversiones del ideal igualitario originado en la Revolución Francesa’ […]” (Wacquant, 2000:27).

El Instituto Manhattan se encarga de difundir, entonces, el tríptico, libre mercado-responsabilidad individual-valores patriarcales. Su leit motiv es el carácter sagrado de los espacios públicos, indispensables para la vida urbana; por el contrario, el desorden es caldo de cultivo para el crimen de las clases pobres. Entre los asistentes a las conferencias que asiduamente organiza el Instituto, se encuentra el fiscal de Nueva York, Rudolph Giuliani.

Para justificar la “Tolerancia Cero”, el Instituto Manhattan vulgariza la “Teoría de la Ventana Rota”, formulada en 1982 por James Wilson y George Kelling. En pocar palabras, esta teoría dice que hay que reprimir hoy los pequeños delitos para evitar los grandes males en el futuro.

La “Teoría de la Ventana Rota”, que nunca fue confirmada empíricamente (Wacquant, 2000:29), sirvió de sustento teórico para la política criminal impulsada por William Bratton, jefe de la policía municipal de Nueva York.

Bratton tenía por objetivo calmar el temor de las clases medias y altas -las que votan- al circular por los espacios públicos, mediante el hostigamiento permanentes a los pobres en las plazas, calles, estaciones de ómnibus, subterráneos… Para ello se valió de tres medios: 1) multiplicación de medios (agentes y equipos), 2) reasignación de responsabilidades en los comisarios de barrios (como si fueran gerentes de empresas cuyas ganancias fueran medidas en cantidad de arrestos), y 3) el relevamiento informatizado del accionar policial (v.gr. computadoras en los patrulleros).

La “Tolerancia Cero” consistió, básicamente, en la lucha contra la delincuencia que “molesta” a la gente “honesta”: incidentes de tránsito, ruidos, amenazas, graffitis, vagabundos, mendigos, chicos de la calle, suciedades en la vía pública…

La instumentación de esta política requirió un aumento del cuarenta por ciento en el presupuesto policial (que lo llevó a cuadruplicar el presupuesto de los hospitales públicos). Entretanto, los servicios sociales se vieron recortados en un treinta por ciento.

La “Tolerancia Cero”, según Wacquant (2000), provocó tres grandes consecuencias que no son difundidas por los TT conservadores. Por un lado ahondó la desconfianza -y el desafío entre los jóvenes- de la comunidad afroamericana hacia la policía. Por otro lado, suscitó un descomunal atascamiento en los tribunales. Asimismo, la ingente ola de arrestos produjo una cantidad tal de justiciables, que los jueces no dieron abasto para atender correctamente cada caso. Finalmente, la cantidad exagerada e incesante de arrestos sin motivo judicial, hizo que el índice de desestimaciones de procesos judiciales creciera un sesenta por ciento desde 1993 (es decir, se movilizaron los aparatos policiales y judiciales sin otra necesidad que el acoso de las minorías de todo tipo).

(En la década del sesenta la demografía penitenciaria iba en baja. En 1975 la cantidad de detenidos había caído a 380 000. El debate, en ese entonces, giraba en torno al desencarcelamiento, las penas sustitutas y el encierro sólo para los delincuentes más peligrosos. Pero, en 1995, los recluidos llegaban a un millón y medio y, en la actualidad, a los dos millones. Este crecimiento es un fenómeno sin precedentes ni comparación en ninguna sociedad democrática24 (Wacquant, 2000:89). Asimismo, la gran masa de ciudadanos bajo tutela judicial llega a casi seis millones, si se cuentan a los procesados o bajo libertad condicional25.)

Esta política, consecuencia del ya mencionado reacomodamiento de la sociedad neoliberal, está entrelazada con otros aspectos de la vida comunal, como, por ejemplo, el trabajo precario.

Lawrence Mead publicó en 1986 Beyond Entitlement: The social Obligations of Citizenship, en el que, a diferencia de Murray, establecía que el fracaso de la lucha con la pobreza no fue por la existencia de un Estado generoso, sino porque éste era muy permisivo, no obligaba en nada a sus beneficiarios.

[…] el trabajo asalariado de miseria tiene que elevarse al rango de deber cívico […], sin lo cual no encontrará quien lo acepte. Justo diagnóstico. Mead tiene el mérito de ver y hacer ver que la generalización del trabajo precario, que algunos presentan como una “necesidad económica”, lamentable, en verdad, en ciertos aspectos, pero ideológicamente neutral y en todo caso materialmente ineluctable, se apoya en realidad en el uso directo de la coacción política y participa de un proyecto de clase […] (Wacquant, 2000:45).

De aquí en más, el lema será “la mejor respuesta a la pobreza será dirigir la vida de los pobres” (Wacquant, 2000), regresando a

[…] una visión atomista de la sociedad como mera colección serial de individuos guiados alternativamente por su interés bien comprendido […] y por una “cultura” de la que manan milagrosamente sus estrategias y sus posibilidades de vida; explicación individualista de un hecho social en violación flagrante del primer precepto del método sociológico (que sostiene que un hecho social siempre debe explicarse mediante otro hecho social), declarado caduco en la nueva “sociedad meritocrática” por fin alcanzada; borramiento de la división en clases sociales, ventajosamente reemplazada por la oposición técnica y moral entre los “competentes” y los “incompetentes”, los “responsables” y los “irresponsables”, en que las desigualdades sociales no son ya sino un reflejo de esas diferencias de “personalidad” […] (Wacquant, 2000:47).

Esta visión condena per se a los barrios marginales, estigmatizándolos como cultivos de delincuentes. Por ejemplo si los guetos negros o mexicanos de Estados Unidos concentran tantas patologías criminales urbanas es en razón del doble rechazo, de casta y de clase, que sufren sus residentes, y del aislacionismo que reciben por parte de las políticas públicas. No es producto de “una dinámica conductista endógena que vería cómo los arroyos de las ‘pequeñas fechorías’ confluyen naturalmente en el río bramador de las grandes ‘violencias urbanas'” (Wacquant, 2000:59).

La ideología neoliberal postula la separación hermética entre lo económico (regido por el mecanismo neutral, fluido y eficiente del mercado) y lo social (habitado por la arbitrariedad imprevisible de las pasiones y los poderes), la nueva doxa penal postula el hiato neto y definitivo entre las circunstancias sociales y el acto criminal26, las causas y las consecuencias, la sociología que explica y el derecho que regula y sanciona (Wacquant, 2000:60).

El blanco de esta política criminal en los pobres y marginados del modelo de sociedad neoliberal, es decir, en la delincuencia que molesta, hizo decir al criminólogo Adam Crawford que

El concepto “tolerancia cero” es una designación errónea. No implica la rigurosa aplicación de todas las leyes, que sería imposible -por no decir intolerable-, sino más bien un imposición extremadamente discriminatoria contra determinados grupos de personas en ciertas zonas simbólicas. ¿Dónde está la tolerancia cero de los delitos administrativos, el fraude comercial, la contaminación ilegal y las infracciones contra la salud y la seguridad? En realidad sería más exacto describir las formas de actividad policial realizadas en nombre de la “tolerancia cero” como estrategias de “intolerancia selectiva” (Wacquant, 2000:17).

Hoy, William Bratton se pasea por el mundo (en Buenos Aires estuvo en el 2000), promocionando sus políticas criminales. Es verdad que bajó el índice de delincuencia de la ciudad de Nueva York, pero esa ya era una tendencia que se reflejaba en años anteriores. Además, no menciona las consecuencia negativas de la “Tolerancia Cero”, ni que en otras ciudades de USA la delincuencia decreció por otras vías.

Comunas como las de Boston, San Diego, San Francisco, New Haven… lograron los mismos efectos que en Nueva York, pero recurriendo a la “policía comunitaria” o “de cercanías”, a la resolución de conflictos mediante la colaboración de los vecinos, a una disminución de denuncias junto a la recuperación de la popularidad policial, merma en la circulación de armas en la sociedad y a las vinculaciones con instituciones de la sociedad civil, como las iglesias (Wacquant, 2000:13/14).

De igual modo, Wacquant cree que los Estados-nación se enfrentan a una triple alternativa para mermar la delincuencia. La primera es parchar los programas vigentes de lo que queda del Estado de Binestar; la segunda consiste en criminalizar la pobreza o confinarla a ghettos, y la tercera, más progresista, apunta a la “reconstrucción fundamental del Estado de Bienestar que adapte su estructura y sus políticas a las condiciones económicas y sociales emergentes” (Wacquant, 2001:186) y, especialmente a la generación de empleo (Chiaravalli, 2000, en entrevista con L.Wacquant). A lo que agrega Mario Bunge que

[…] para disminuir la delictuosidad y rehabilitar al delincuente hay que empezar por averiguar las causas de la delictuosidad y las maneras de manipular esas causas. Sólo así se podrán disminuir apreciablemente sus efectos (Bunge, 2000).

Desde los medios se pregona incesantemente la inseguridad pública, pero sólo la referida a la criminalidad callejera. Y aún en estos casos, soslayan las causas profundas del delito y se ensañan con el acontecimiento aislado. La connivencia de los dirigentes políticos es notoria, v.gr. cuando legislan para que la muerte de un policía valga más que la de cualquier otra persona27 o cuando los presos son varias veces marginados por sus delitos, origen, condición social, color de piel, salud (Cardozo, 2000). Parecen dos actitudes independientes y naturales de los campos periodístico y político en el contexto de la sociedad actual, pero, como se explicara a lo largo de estas páginas, podrán ser cualquier cosa, menos casuales o inocentes.

 

NOTAS:

1 Pablo Abiad (2002): “Condenan a la Federal por un cabo que baleó a otro policía”, en Clarín, 19 de abril de 2002.

2 Aunque también resulta llamativo que la información no dé cuenta de lo sucedido con los dos supuestos criminales y sí lo haga con respecto a los policías y a la mujer.

3 Ibídem.

4 Declaraciones del entonces candidato a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, en las que explicaba su política criminal si llegaba a ser electo (Clarín, 4 de agosto de 1999).

5 La expresión Think Tanks puede traducirse como “usinas de pensamiento” o “tanques/generadores de ideas”.

6 Traducido como sub-clase, categoría refutada por los sociólogos franceses Bourdieu y Wacquant en su trabajo Las argucias de la razón imperialistas, Paidós, Buenos Aires, 2001.

7 La cita está extraída del site de la Fundación, en www.ieral.org, el 5 de mayo de 2002.

8 Ibídem.

9 Silvia Naishtat (2002): “¿Se acuerda de los thik tanks?”, en Clarín, 28 de abril de 2002.

10 En este sentido, bien podrían ser considerados TT los programas periodísticos Detrás de las Noticias, Periodistas o Después de Hora, de Jorge Lanata y Cía., Ernesto Teneuman y Cía. y Jorge Hadad y Cía, respectivamente. Ellos tratan día a día la crisis, brindando información y opinión -cada cual en su línea-, con los riesgos que conlleva explicar con rapidez, sin la debida investigación, comprobación, análisis, consultas… y, encima, con los requerimientos del infoteinment (información más entretenimiento, pensando en el rating).

11 Bourdieu y Wacquant aclaran que el término se aplica no sólo a los norteamericanos, ya que esa aspiración de universalidad es, precisamente, universal (Bourdieu-Wacquant, 2001:7).

12 Esta concepción del “poder” de una persona o institución, esta relacionada estrechamente con las teorías de Michel Foucault, para quien el poder no es una potencia dada que se ejerce de unos -que la tienen-, sobre otros, que no la tienen. Para Foucault el poder es más bien un sistema de fuerzas en el que cada uno se inscribe en un complejo entramado de redes y ejerce una cuota de poder de acuerdo a la situación estratégica que se ocupa en un momento establecido en una sociedad determinada.

13 Esta teoría “[…] atribuye a las miras conscientes y las estrategias coordinadas de un grupo, o […] de un país, el producto de mecanismos y encadenamientos institucionales que nadie, por poderoso que sea, controla” (Wacquant, 2000:23)

14 Término del crítico uruguayo Angel Rama.

15 En Latinoamérica, el tema fue estudiado por María Eugenia Mudrovcic, de la Universidad de Michigan; su trabajo Mundo Nuevo. Cultura y Guerra Fría en la década del ’60, hace hincapié en el accionar de la CIA en el prolífico mundo literario sudamericano.

16 Conceptos vertidos por Juan Pegoraro en su descripción del Paradigma de la Inseguridad.

17 Brzezinski sería después Consejero Personal para Asuntos de Seguridad Nacional del presidente James Carter. Este, por su parte, intensificó el modelo de desregulación interna de la economía (ferrocarriles, gas, telecomunicaciones…), facilitando jurídicamente la globalización de las redes. Carter llegó a la Presidencia de Estados Unidos con el apoyo del Chase Manhattan Bank, del Bank of America, de Coca Cola, Hewlett-Packard, CBS, entre otras corporaciones integrantes de la Trilateral.

18 Huntington sería célebre después con la escritura de El choque de civilizaciones, trabajo que se vería repotenciado después del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

19 Al que habría que agregar, en la Argentina, a Carlos Menen y sus epígonos.

20 Entrevista publicada en el New York Times, el 1 de agosto de 1976. En igual sentido, el financista Edmond de Rothschild expresó en la revista Enterprise que “[…] la estructura que debe desaparecer es la nación”.

21 Reunión del FMI, el BM, el BID y otras instituciones, donde se delinearon las políticas que marcarían la senda de la economía mundial, a saber: desregulación, flexibilización, omnipresencia del mercado y la democracia (aunque, esta última, no era imprescindible, como se verá posteriormente, vgr. en Venezuela).

22 Expresión acuñada por Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, para referirse al conjunto de principios económicos y sociales, de corte exacervadamente neoliberales, que deben regir, como única alternativa para el progreso, el destino de las naciones.

23 Los invitados concurrieron con todos los gastos pagos en hoteles de lujo de la ciudad de Nueva York (Wacquant, 2000:26), actitud que ejemplifica el trabajo ya mencionado de Saunders sobre la Guerra Fría Cultural.

24 Este aparente crecimiento desmesurado de la delincuencia sirvió para justificar la industria contra el crimen que floreció en los noventa: más policías, más cárceles, industria de la construcción y gestión de penitenciarías, policía privada… El filósofo Mario Bunge dice que “Viven del delito no sólo los rateros, asaltantes, estafadores, falsificadores, extorsionistas, fulleros, coimeros, narcotraficantes, contrabandistas, alcahuetes, pederastas, tratantes de niños y blancas, estupradores, curanderos, brujos, adivinos, vendedores de aceites de culebra, terroristas y asesinos profesionales, incluidos los matones […] También viven del delito policías, delatores, detectives, abogados, procuradores […] jueces, empleados de tribunales, guarciacárceles, torturadores, verdugos, constructores y proveedores de cárceles, y políticos que exageran el peligro de la delincuencia para conseguir votos (Bunge, 2000).

25 Cerca del 10 % de la población negra está bajo proceso judicial, contra un 2% de la blanca. En la cárcel, la relación es de 1 a 7,5, lo que habla a las claras hacia dónde apunta la “Tolerancia Cero”.

26 Para una refutación acabada de la mitología neoliberal que sostiene que el delito es consecuencia de carencias individuales morales y de comportamiento, ver John Hagan y Ruth Peterson (comps.): Crime and inequality, Stanford, Stanford University Press, 1995.

27 v.gr.: La Nación, “Diputados aprobaría el agravamiento de penas para asesinos de policía”, 21 de mayo de 2002 y Clarín, “¿Penas más duras para los asesinos de policías?”, 31 de marzo de 2002.

 

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– _______ (2000): Las cárceles de la miseria. Buenos Aires, Manantial.

 

Narrativas, nro. 19, julio / septiembre de 2009, ISSN 1668-6098.