La libertad de hacer “lo que se debe”

Los periodistas frente a los mecanismos de cooptación

 

¿Por qué razón el discurso mediático parece converger espontáneamente hacia la legitimación del orden establecido y aportar así una contribución indispensable a la perennidad del sistema social? No hay en esto ningún complot. En efecto, el aspecto concertado parece minoritario. El reclutamiento social de los periodistas y su capacidad para incorporar profundamente la ideología de las clases dirigentes, crea entre ellos una comunidad de inspiración que hace innecesaria la conspiración. A menudo, les basta trabajar como sienten para trabajar como deben.  Es decir, como no debieran.

Alain Accardó
Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur, nro. 16, octubre de 2000


El observador del sistema mediático debería partir del principio de que los periodistas no están en su mayoría maquiavélicamente preocupados por manipular al público para el mayor provecho de los accionistas de las empresas de prensa en particular y de los inversionistas capitalistas en general. Si se comportan como “condicionadores” de aquellos a quienes se dirigen, no es tanto porque tengan la voluntad declarada de condicionarlos, sino porque ellos mismos están condicionados, en un grado tal que la mayoría no sospecha. Cada cual, al hacer espontáneamente -o al no hacer – lo que tiene ganas, concuerda espontáneamente con todos los otros. A la manera del poeta Robert Desnos, se podría decir que obedecen a la lógica del pelícano: “El pelícano pone un huevo muy blanco / Del que sale, inevitablemente / Otro que hace lo mismo”.

Los financistas y los mercaderes que se apoderaron de la parte esencial de los medios, salvo contadas excepciones, generalmente no necesitan indicar a los periodistas lo que tienen que decir o mostrar. No necesitan violentarles la conciencia ni transformarlos en propagandistas. El sentido de la dignidad periodística no lo aceptaría. Para que la información de prensa esté garantizada lo mejor posible en el mejor de los mundos capitalistas, es preferible dejar que el personal periodístico haga libremente su trabajo (salvo circunstancias y casos particulares), o más exactamente, darle la sensación de que su trabajo no obedece a otras exigencias, a otras limitaciones que las que imponen las reglas específicas del juego periodístico, aceptadas por todos. Hay que remitirse a la “conciencia profesional”.

Para ello es necesario y suficiente confiar las riendas del poder periodístico en las redacciones a hombres y mujeres calificados, generalmente “grandes profesionales”, lo que particularmente significa que han dado siempre garantías de su adhesión a una visión del mundo, cuyas creencias fundamentales comparten -explícita o implícitamente- con sus empleadores. Luego de ocupar con profesionales ideológicamente confiables los puestos de mando superiores, no hay más que dejar funcionar el mecanismo de cooptación -abierta o encubierta- que garantiza un reclutamiento que evita en la mayoría de los casos, cuando no en todos, la entrada de zorros en el gallinero y de herejes en la misa. Ese mecanismo comienza a funcionar desde el ingreso en las escuelas de periodismo y continúa permanentemente en las redacciones. Así es como los medios están sólidamente controlados por una red a la que le basta con trabajar “como siente” para trabajar “como debe”, es decir, para defender las normas y los valores del modelo dominante, consensuado entre una derecha falta de ideas y una izquierda falta de ideales.

Pero hay que insistir en que la eficacia de semejante sistema se apoya fundamentalmente en la sinceridad y en la espontaneidad de quienes se entregan a él, aun cuando esa entrega implica cierto nivel de automistificación. Cabe hacer muchas críticas y reproches bien fundamentados a la información periodística tal como se la practica, incluido el de encerrar las mentes en la problemática dominante y hasta en el pensamiento único. Pero hay un reproche que no puede hacerse a los periodistas, salvo casos particulares, por supuesto: el de no hacer su trabajo de buena fe. Por haber interiorizado tan bien la lógica del sistema, adhieren libremente a lo que ella les ordena creer. Actúan de común acuerdo sin necesidad de ponerse de acuerdo. Su comunidad de inspiración hace innecesaria la conspiración.

Si hubiera que resumir en pocas palabras su creencia fundamental, se podría decir que creen sinceramente en el balance finalmente positivo de un capitalismo de rostro humano, y creen firmemente que esa creencia no tiene nada de ideológico ni de superado. Por supuesto, como ocurre con todos los actores de todos los campos sociales, su visión de las cosas se caracteriza por una mezcla, en porcentajes variables -según la posición que ocupan en el campo- de lucidez y de ceguera, de visto y de no visto, o de mal visto. Ven, por ejemplo, las innumerables manifestaciones de inhumanidad del orden capitalista en todos lados donde tiene libre curso; pero se niegan a ver en ellas un rasgo consustancial, inherente a la esencia misma del capitalismo, para reducirlas a un mero accidente. Hablan de “disfuncionalidades”, de “desviaciones”, de “desbordes”, de “excesos”, de “ovejas negras”, condenables por cierto, pero que de ninguna manera comprometen el principio mismo del sistema que espontáneamente son proclives a defender.

Así, por ejemplo, en materia de investigación y tratamiento de la información-mercancía, reprueban sinceramente los detestables “excesos” que generan la competencia, la obligación de rentabilidad, las mediciones de audiencia, en suma, la lógica del mercado. Pero cuando esta misma lógica provoca el desarrollo masivo del trabajo precario en las redacciones, con contingentes -cada vez mayores- de jóvenes periodistas subremunerados y descartables, explotados de forma bastante indigna por sus empleadores (lo que sería comprensible) pero también por muchos de sus jefes y colegas (lo que lo es menos), nos hallamos frente a una “disfuncionalidad” que hasta ahora no ha provocado ninguna movilización de la profesión comparable a la motivada por la defensa del 30% de exoneración fiscal de que goza 1. Y resulta significativo que durante la gran huelga que en 1999 afectó a las cadenas estatales francesas -grandes consumidoras de trabajo precario- jamás se pronunció ni una sola palabra en público sobre el tema.

“Hacerse la película”

El campo periodístico, como muchos otros, sólo puede funcionar al precio de lo que es preciso llamar una forma objetiva de “impostura”, en el sentido de que sólo puede hacer lo que desea -es decir, contribuir al mantenimiento del orden simbólico- haciendo como si no lo hiciera, como si no tuviera otro principio que la utilidad pública y el bien común, la verdad y la justicia. ¿Es por hipocresía? No. Ningún sistema, sea cual sea, puede funcionar masivamente y deliberadamente de acuerdo con una impostura intencional y permanente. Es necesario que la gente crea en lo que hace y que adhiera personalmente a una ideología socialmente aprobada.

En el caso que nos ocupa, la misma no puede consistir en gritar cínicamente: “¡Viva el reino del dinero todopoderoso, abajo el humanismo arcaico, acumulemos riquezas y que se joroben los pobres!”, sino que consiste en considerar, con toda buena fe, aunque más no fuera implícitamente, que la felicidad del género humano exige imperativamente mantenerse en el seno de la iglesia liberal, fuera de la cual no hay salvación posible.

Así, los dueños del dinero pueden -afortunadamente para ellos-poblar los medios que compraron con personas inteligentes, hábiles y sinceras, personalmente condicionadas para transfigurar las leyes de hierro del capitalismo en condiciones permisivas y en postulados indiscutibles de lo que llaman “la modernidad” o, si se prefiere, “la democracia de mercado”.

Pero las mismas conclusiones que valen para los medios valen para sectores enteros de la estructura social. El microcosmos periodístico es al respecto un espacio privilegiado para la observación in vivo de lo que ocurre en los terrenos de producción y difusión de bienes simbólicos, cuya población profesional pertenece muy mayoritariamente a las clases medias: profesiones intelectuales de la educación, de la información, del trabajo social, oficios de consejo y dirección, de presentación y representación, etc.

Son las clases medias -en particular, la nueva pequeña burguesía- las que han inyectado en ese sistema, jugándose a fondo en él, una dosis de humanidad, de inteligencia, de imaginación, de tolerancia, de psicología, en síntesis, el suplemento anímico que el mismo necesitaba para pasar de la explotación bárbara del trabajo asalariado -que aún reinaba antes de la segunda guerra mundial- a formas aparentemente más civilizadas, compatibles con el crecimiento de las aspiraciones democráticas.

La modernización del capitalismo consistió en desarrollar métodos de “gestión de recursos humanos” y de comunicación dirigidos a enmascarar las exacciones patronales y a implicar psicológicamente aún más a los asalariados en su propia explotación. Por supuesto, esa colaboración comporta diversas gratificaciones, materiales y morales, la primera de las cuales es asegurar la subsistencia de los interesados, y la segunda, generar en ellos el sentimiento de una cierta importancia y de una cierta utilidad para sus semejantes. Lo que no es poco. Pero resulta sin embargo que por una de esas astucias objetivas que abundan en la historia, su trabajo beneficia más aún al sistema y a los feudalismos que lo dominan, y que creyendo servir a Dios, sirven también -a veces principalmente- a Mammon 2. Pero lo hacen sub specie boni, con plena buena conciencia, pues casi todo lo que podría crearles mala conciencia es automáticamente autocensurado o transfigurado. Como hubiera dicho Pascal, tienen “una voluntad de creer más fuerte que sus razones para dudar”.

Probablemente porque los periodistas dominan profesionalmente las tecnologías del hacer-ver y del hacer-saber, la observación de su ambiente permite ver, más aún que en otras categorías de las clases medias, que la impostura objetiva de estas últimas -que consiste en no ser y no hacer nunca del todo lo que ellas mismas creen que son y hacen- se traduce en una puesta en escena constante de sí mismo, destinada a darse, dándola a los otros, la representación más valorizadora de su importancia.

Si bien es verdad que ningún juego social podría desarrollarse si los actores no aceptaran, en mayor o menor medida, “contarse historias”, embaucarse a sí mismos y a los demás, hay que admitir que las clases medias son particularmente propensas a “hacerse la película”. Esta inclinación -más bien narcisística- a la teatralización de su existencia, tiene que ver con su pertenencia a un espacio intermedio del poder social, entre dos polos, el dominante y el dominado. Todos los rasgos característicos de la pequeña burguesía corresponden fundamentalmente a esa posición, en vilo entre lo demasiado poco y lo excesivo, entre el ser y el no-ser, en un mundo donde el valor socialmente reconocido se ha vuelto directamente proporcional al grado de acumulación del capital en general y de la economía en particular. “Los más desposeídos”, como se dice púdicamente, tienen demasiado poco para poder siquiera preocuparse por valorizar lo que tienen y lo que son. Los más privilegiados tienen demasiado como para necesitar tranquilizarse convirtiéndose en espectáculo para los demás.

Frustración y resentimientos

Pero el resultado de esa búsqueda perpetua de reaseguro pocas veces es completamente satisfactorio. A causa de su posición intermedia, los pequeño-burgueses son generalmente más sensibles a lo que los separa de las posiciones superiores, que a las ventajas intrínsecas de la posición que ocupan. Como ya lo había notado Stendhal, “lo más importante es ascender a la clase superior a la propia, la que consagra todos sus esfuerzos a impedirle ascender”.

Eso implica una fuente de frustración intensa y de resentimiento, una especie de foco patológico del reconocimiento social, origen de innumerables casos de ese sufrimiento existencial que se podría reunir bajo la denominación de síndrome de Emma Bovary y de Julian Sorel 3. Sufrimiento tanto más difícil de mitigar, cuanto que está estructuralmente programado y por lo tanto es refractario a toda terapia médica. Una investigación sobre el periodismo de base suministra elocuentes ilustraciones de esa relación ambigua con su posición, relación a la vez encantada y exasperada, enamorada y contrariada, presumida y dolorosa, de dominantes-dominados del intervalo social.

Es lícito pensar que la única forma de tratar de remediar ese problema consistiría en comprometerse resueltamente, activamente, en la participación en una acción colectiva, de tipo político y social, dirigida a romper con la lógica del sistema. Empresa difícil, pues no puede desarrollarse sin cuestionar el inconsciente social de la situación, es decir, todo lo que “personalmente” se ha interiorizado en lo más profundo; todos los lazos viscerales, todas las adherencias carnales por medio de las cuales los individuos “hacen cuerpo” con un sistema que los ha engendrado y condicionado a hacer espontáneamente -por propia voluntad y a veces alegremente- lo que espera de ellos. Por ejemplo, enfrentarse interminablemente unos contra otros en una competencia implacable por objetivos artificiales e irrisorios, cuya persecución y conquista finalmente no prueban nada, salvo, precisamente, que uno está perfectamente condicionado.

Hasta ahora, los miembros de las clases medias han perseverado -condicionados a ello no sólo por los medios, sino por toda su socialización- en cultivar su sueño de ascensión social y sus esperanzas de éxito personal en el interior de un universo cuyas carencias, contradicciones e iniquidades muchos de ellos denuncian.

Pero esas opiniones críticas, por quedar limitadas al solo registro político (cuando no politiquero) y al voto “de izquierda” que pueden llevar asociado, lejos de poner en peligro la lógica dominante, tienen por efecto optimizar el funcionamiento de un sistema que no sólo puede reproducirse en lo esencial, sino que además puede jactarse de mantener -a través de los medios- un verborrágico debate público que, de hecho, no se refiere nunca a lo esencial.

En Francia, los periodistas profesionales gozan de una reducción de su base imponible del 30%.

Mammon: Palabra aramea, que en el evangelio identifica a los bienes materiales que esclavizan al hombre.

Respectivamente, protagonistas de las novelas Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y Rojo y Negro, de Stendhal. Ambos representan la ambición de ascenso social plasmada en una actitud voluntarista.

 

*Alain Accardó. Profesor de Sociología de la Universidad de Burdeos III.