Osama Ben Laden, muerte y mistificación

El marketing de la justicia global

 

Las vacilaciones de la versión de Estados Unidos se aúnan con las dudas sobre la legalidad del operativo militar. La estrategia comunicacional tendió a ensalzar al presidente Obama y a desmitificar al líder de Al Qaeda. En ese juego, el papel de las fotografías no fue desdeñable.

Adrián Eduardo Duplatt
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Su nombre

A modo de proemio es necesario aclarar el nombre correcto en castellano del jefe de Al Qaeda. Desde su irrupción pública a gran escala después del 11 de septiembre de 2001, se lo identificó tanto como Osama Bin Laden como Osama Ben Laden. La Real Academia Española, en tanto, se inclina por otra opción: Usama Ibn Ladin. El árabe clásico solo tiene tres vocales, a saber, a, i, u; por lo tanto esa sería su forma correcta. Ahora bien, para unificar criterios y teniendo presente que ben es la pronunciación dialectal de ibn -hijo-, lo más aconsejable es utilizar el nombre de Osama ben Laden.

Noticias de su vida

Osama ben Laden nación en Riad (Arabia Saudí) en 1957. Fue criado por su madre y su padrastro y educado en universidades locales. En 1979 los soviéticos invadieron Afganistán y se unió a un grupo de muyhidín o guerreros santos, impulsado por un ex profesor suyo de origen palestino. Con el apoyo de Estados Unidos y gracias a la implosión de la Unión Soviética, los invasores fueron derrotados y los guerrilleros que participaron de la resistencia volvieron a sus países de origen. Ben Laden imaginó que serían una especie de reservistas, listos para entrar en acción cuando el Islam los necesite. A esta red de excombatientes la llamó Al Qaeda.

Cuando Irak invadió Kuwait, ofreció su ejército irregular para expulsar a las fuerzas de Saddam Husseim, pero fue rechazado. Al ver que la tierra de Mahoma se llenaba de soldados occidentales creció su desprecio hacia los Estados Unidos. En tanto, sus discursos se difundían entre los pueblos árabes y eran reverenciados como palabra santa.

Comenzó un raid de atentados contra objetivos de Estados Unidos -embajadas, hoteles, cuarteles…- y el gobierno norteamericano de Bill Clinton lo declaró el enemigo número uno de su país.

En 2001 fue uno de los que planificaron el atentado a las Torres Gemelas, convirtiéndose en el hombre que humilló a la superpotencia norteamericana y, por ello, en héroe para los musulmanes descontentos con las intervenciones militares y económicas de Estados Unidos y las propias miserias de sus vidas. Además, el mundo, al personalizar en él ese y cualquier otro atentado terrorista que ocurriera en el planeta, le dio una estatura mítica de santo o demonio, dependiendo de quiénes lo describieran. El enemigo público número uno de Norteamérica cotizó su cabeza en 25 millones de dólares, sin resultados visibles. Comenzaba la guerra contra el terrorismo.

Guerras siglo XXI

El politólogo Michel Wieviorka explicó que después de la última década del siglo pasado, “dos clases de combate difieren del modelo de guerra tradicional: las intervenciones de carácter internacional (en los Balcanes, en Timor Oriental, en Africa,…) y la guerra contra el terrorismo y sus prolongaciones en Afganistán e Irak” (Wieviorka, 2008).

Un clásico del análisis bélico, Carl von Clausewitz, consideró a la guerra moderna, después de Napoleón, como la continuación de la política por otros medios. En la guerra existen dos dimensiones. Por un lado el concepto de guerra, con su lógica, sus leyes, una violencia sin límites que conduce a los extremos. Por el otro, la guerra nunca es un acto aislado y no estalla de repente. Su resultado no es absoluto. Se enfrentan gobiernos y estados y el concepto puro deja lugar al objetivo político. En el fondo -decía Clausewitz- la causa de toda guerra es la política.

Wieviorka cree que hoy prevalece el concepto puro de la guerra, con poco o nada de lugar para los objetivos políticos. Lo único que vale es la violencia; en la guerra contra el terrorismo se trata de negar y destruir al contrario, encarnación del mal absoluto. El factor religioso lleva la sinrazón a extremos inmanejables (2008).

En el caso de las intervenciones internacionales se utiliza la fuerza en forma limitada para proyectos políticos que no tienen que ver con los intereses inmediatos de quienes intervienen.

En ambas posibilidades, las víctimas civiles son ingentes, mucho más que en las guerras clásicas.

El fanatismo de la guerra contra el terrorismo no solo es religioso, el político es nada desdeñable. En 2006, Dick Cheney, vicepresidente de USA, declaró: “Si hay un 1% de posibilidades de que Paquistán esté ayudando a Al Qaeda a desarrollar un arma nuclear, debemos responder a esa posibilidad como si fuera una certeza… debemos enfrentar una nueva clase de amenaza: un acontecimiento de alto impacto y escasas probabilidades” (Fridman, 2009). Un ejemplo de los nuevos cánones de la guerra moderna.

A la Guerra Santa de Al Qaeda, Estados Unidos le opone la Guerra Justa, definida por Barack Obama como la guerra “que se libra como último recurso o en defensa propia, si la fuerza utilizada es proporcional; y, cuando sea posible, los civiles son mantenidos al margen de la violencia” (Borón, 2009). La formulación inicial se remonta a San Agustín y Santo Tomás y fue mutando con los siglos hasta hacerla coincidir con la Guerra Infinita elucubrada por los republicanos, de George Bush en adelante (Borón, 2009).

En definitiva, la Guerra Justa -un oxímoron- cobijó un operativo militar que tuvo poco que ver con la justicia. Estados Unidos actuó como policía, juez y verdugo de su perseguido número uno, Osama ben Laden. Allí no hubo detención, juicio y veredicto. En una misma escena se llevaron a cabo los tres actos.

No obstante, para los Estados Unidos, el operativo fue legal. La ejecución extrajudicial se desarrolló en el marco de la Ley 107-40 del 2001 que autoriza a “utilizar toda la fuerza necesaria y apropiada contra las naciones, organización o personas que hayan planeado, autorizado o ejecutado, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001”.

Desde los ámbitos universitarios contestan esa idea argumentando que “el presidente no puede ordenar una muerte a no ser que el país esté en guerra y, constitucionalmente, el estado de guerra se declara a otro Estado, no contra un individuo” (Pisani, 2011). La afirmación, del experto en derecho constitucional de la Universidad de Hofstra (Nueva York), deja en claro que Estado Unidos no está en guerra ni siquiera con Pakistán.

Además, para el Derecho Internacional, la intervención fue ilegal no solo por la intervención en otro país, no solo por la ejecución, sino por la forma en que se obtuvo la información: bajo torturas en Guantánamo u otros centros clandestinos de detención. En un principio, desde el gobierno de Obama se negó tal circunstancia, pero el director de la CIA, León Panetta, admitió que “claramente se utilizaron intensas técnicas de interrogatorio contra algunos de los detenidos en Guantánamo. El debate de si hubiéramos obtenidola misma información mediante otras fuentes siempre será una pregunta abierta” (Pisani, 2011). El presidente Obama tuvo como una de sus promesas de campaña el cerrar la prisión de Guantánamo. No solo no lo hizo, sino que sacó provecho de ella.

La ejecución

El 1 de mayo de 2011 fuerzas especiales de los Estados Unidos mataron a Ben Laden en su casa, en Abbottabad, una ciudad Pakistaní cerca de su capital Islamabad. El gobierno de este país nada sabía de lo que estaba ocurriendo. Su soberanía había sido violada. Alrededor de veinte comandos Navy Seals entraron a la residencia de Osama ben Laden y mataron a varias personas que estaban con él -incluso, un hijo-, hirieron a su esposa y, finalmente lo ultimaron.

(El antecedente más cercano para Argentina de una intervención de este tipo fue en 1960, cuando un comando israelí, compuesto por agentes del Mossad, secuestró en Buenos Aires a Adolf Eichmann -jerarca y genocida nazi-, lo trasladaron a Israel, lo enjuiciaron y lo ahorcaron).

La resistencia fue casi nula y las versiones de los hechos fueron cambiando con el correr de los días. En un principio desde la Casa Blanca y la CIA se informó que Ben Laden había usado a su mujer como escudo y que se había resistido con disparos de armas de fuego. Ambas afirmaciones fueron luego desmentidas para, finalmente, aseverar que Ben Laden tenía un fusil AK-47 y una pistola a su alcance. Asimismo, el grado de resistencia armada que tuvieron los Seals también fue mermando con el correr de las versiones oficiales del operativo.

Se fotografió el cadáver y se tomaron muestras de ADN que confirmaron que se trataba del jefe de Al Qaeda. Su cuerpo fue llevado a un barco en altamar y arrojado a las aguas según los ritos islámicos. No se publicaron las fotografías porque “No somos así. No consideramos estas cosas como trofeos” (Landler y Mazzetti, 2011), afirmó el presidente Barack Obama, además de considerar que las imágenes de alguien baleado en la cabeza podían incitar a la violencia.

Sin embargo, líderes de la fe islámica consideraron que el funeral fue humillante porque solo quien muere en un barco es arrojado al mar. Ben Laden debió ser sepultado con la cabeza hacia La Meca (Gelman: 2011).

Juan Gabriel Tokatlian, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella, cree, por un lado, que Estados Unidos entre capturar y enjuiciar a Ben Laden y matarlo, optó por esto último para que no salgan a la discusión mediática otros temas -v.gr., Guantánamo-; por otro lado la disyuntiva que se planteó después fue qué hacer con su cadáver. Si lo enterraban, el lugar sería convertido en un santuario por los grupos más radicalizados; y si lo tiraban al mar dejaban un manto de ambigüedad sobre su muerte. Con la duda se satisface a algunos y se inquieta a otros; como consecuencia, el personaje se desdibuja convenientemente (López San Miguel, 2011).

En cuanto a las repercusiones en el mundo árabe, Tokatlian no cree que la muerte de Ben Laden repercuta en las revueltas democráticas de Egipto, Siria, Libia, etc. El escenario se complejizó pero cada país tiene su dinámica propia. En este sentido, Mathieu Guidére, periodista especializado en Al Qaeda, opina que los movimientos populares en Oriente contradicen la ideología terrorista, pero si no triunfan pueden ayudar a un recrudecimiento de la violencia de grupos como Al Qaeda que solo ven posibles los cambios por medio del terrorismo (Febro, 2011), posibilidad probable si se tiene en cuenta que la muerte de su líder no equivale a la desaparición de la organización. Sucesión y venganza deben estar en marcha.

Pero no es prudente caer en el reduccionismo de pensar que el mundo árabe sea mayoritariamente favorable a Al Qaeda; tal vez solo lo veía como un mal necesario y asume algunas de sus reivindicaciones. La muerte del líder de Ben Laden y la desaparición de su cuerpo en el mar dejan un vacío en el imaginario colectivo que posiblemente un Estado de derecho puede llenar (Batenier, 2011).

Hummmm…

Las sospechas sobre la muerte de Ben Laden no se detienen en la forma en que se desarrolló su ejecución sumaria, su legalidad y demás circunstancia, sino que alcanzan también a la veracidad de su presencia en él.

La falta de imágenes propicia las dudas. La única foto que circuló era de su rostro ensangrentado y fue rápidamente desmentida por los medios. Había sido trucada en 2009. Desde el gobierno de Estados Unidos se afirma que la publicación de la fotografía de su cuerpo sería inconveniente por su crueldad y, además, innecesaria. Al Qaeda sabe que su líder está muerto y no necesita de fotos para comprobarlo.

Dichas explicaciones no alcanzan para consolidar la versión actual porque Ben Laden necesitaba estar conectado a una máquina de diálisis y su enfermedad venía empeorando desde antes del 11/9. En 2002 la CNN informó que sus guardaespaldas habían sido capturados y que era muy probable que él estuviera muerto. Ese año, el jefe de la unidad antiterrorista del FBI, Dale Watson, por un lado, y el exfuncionario de la CIA Robert Baer afirmaron por distintos medios que Ben Laden estaba muerto (Gelman, 2011). Es decir, versiones de su muerte circulan desde hace varios años.

Además, las contradictorias y fluctuantes versiones de los acontecimientos profundizan las sospechas. La ausencia de su cuerpo -arrojado al mar- se suma a la retahíla de aristas que fogonean las incertidumbres.

Las dudas son muchas y las pruebas escasas. Tal vez, por ello, crece la idea de un Ben Laden vivo o, quizás, muerto desde hace varios años. La última especulación es la que tiene más adeptos. Mantener el ícono terrorista vivo ayudó a justificar la invasión a Afganistán e Irak y otras acciones más -Guantánamo, torturas, violación de soberanías, operaciones encubiertas…-. Hoy, con su muerte, no termina el miedo, sino que se acrecienta por las posibilidades de venganza de Al Qaeda. Así se continuaría con el desvío de recursos públicos hacia el complejo militar industrial y con la merma del ejercicio pleno de los derechos civiles -no solo en USA-.

Estrategias de comunicación

(O, mejor dicho, falta de estrategias de comunicación).

El modo en que se manejó la información desde la Casa Blanca revela la improvisación a la hora de reforzar la imagen de Estados Unidos en el mundo, la que, por el contrario, parece estar destinada a empeorar. No por azar la revista New Yorker rememoró la historia de la captura y fusilamiento sin juicio del Che Guevara. La destrucción del mito vivo puede contribuir a reforzarlo en su muerte.

Así, la noticia de la década va camino de convertirse en un desastre de relaciones públicas de proporciones incalculables. Para ello han debido aliarse la ausencia de un plan previo y las confusos, contradictorias y cambiantes explicaciones dadas a posteriori… Aún con sus mentises, la historia oficial resultó tranquilizadora para el pueblo norteamericano -por lo menos, el que los medios mostraron- y salió a las calles a festejar.

José Ignacio Torresblanca (2011) aporta un análisis psicológico. Primero afirma que la superioridad tecnológica de un pueblo no necesariamente implica su superioridad moral. Después, reflexiona que la alegría de los estadounidenses se puede explicar si se entiende que psicológicamente ese pueblo sigue inmerso en una guerra. En España, aclara, no están en guerra con el terror, sino en lucha con el terrorismo. Desde la lógica de la guerra, matar a Ben Laden a sangre fría o en un tiroteo da lo mismo; desde la óptica de la justicia, los detalles son importantes, y su relato también.

Nada resume mejor el desastre de comunicación de este último acto del drama que comenzó en septiembre de 2001… que darle el nombre en clave “Gerónimo”, el mítico jefe apache (Torresblanca, 2011).

Una cuestión de imagen

La intervención norteamericana -vía OTAN- en Libia se llama “Odisea al amanecer”, nombre de gran impacto psicológico que remite a las grandes gestas homéricas y al comienzo de un nuevo día, a la esperanza. Pero se pregunta Ana Prieto -haciéndose portavoz de la opinión pública-: ¿será que los ataques a los libios se llevarán a cabo solo en las madrugadas?, ¿será que Obama piensa que el regreso a casa de las tropas les llevará tanto tiempo como a Odiseo?, ¿será un intento de edulcorar una acción que costará la vida de numerosos civiles? (Prieto, 2011).

La respuesta es mucho más pedestre. Prieto explica que Africom, la sección militar estadounidense en Africa -con oficinas centrales en Alemania-, asignó el nombre, no significa nada y fue generado por una computadora. “En el año 1975 se creó un sistema llamado Code War, Nickname and Exercise Team System, NICKA, a través del cual el Departamento de Defensa asigna a los distintos comandos apostados en todos los continentes una secuencia aleatoria de letras para bautizar sus operaciones militares” (Prieto, 2011). Nicka establece los pares de letras y luego verifica que no se reiteren los nombres elegidos por los interesados.

Si bien el azar interviene en los nombres de las operaciones militares, es innegable su connotación emotiva y psicológica. Para Prieto el nombre “recurre a la atractiva ambigüedad de las emociones: hace referencia a un gran trabajo, pero no a una guerra; hace referencia al momento del día que todos esperamos tras una mala noche, a la renovación, a la promesa de empezar de cero. Pero sobre todo, parece ser el título apropiado para una acción que ha contado con el impulso y el beneplácito de un presidente que ha ganado el Premio Nobel de de la Paz (Prieto, 2011).

Las contiendas de antaño se nombraban de acuerdo al lugar donde se desarrollaron -Waterloo, Lepanto, San Lorenzo- o de acuerdo a su duración -Cien Años, Seis Días-. En los finales de la Primera Guerra Mundial, los alemanes usaron para sus operaciones militares códigos que no fueran incomprensibles, v.gr., míticos y religiosos -San Miguel, San Jorge-. En la Segunda Guerra Mundial, los nombres buscarían el efecto de alentar y enaltecer a las tropas. Winston Churchill ordenó que las operaciones donde podrían perder la vida muchos soldados no lleven nombres que sugirieran seguridad en sí mismos, no fueran frívolos ni fueran humillantes para los deudos. Aún así, Churchill bautizó el desembarco en Normandía como Overlord -“más supremo que el supremo-. Japón, por su parte, pasó de nombrarlas por códigos alfabéticos a palabras efusivas -Victoria- (Prieto, 2011).

Después de la Segunda Guerra, el Departamento de Defensa de USA dividió los apelativos de las acciones en dos: un código para uso interno y uno externo -nickname- para la opinión pública. Estos tenían como fin moldear actitudes y opiniones y las relaciones publicas se convirtieron en una táctica bélica más, Cuando se hicieron pruebas atómicas en el Atolón de Bikini en 1946, se las llamó Encrucijada, para dar a entender el punto al que había llegado la humanidad. En la Guerra de Corea y la de Vietnam se utilizaron nombres contraproducentes: Asesina y Machacador, respectivamente. Por ello, el Departamento de Defensa estipuló que las operaciones no debían llevar nombres que contradijeran los ideales tradicionales de su país. En 1983 con la invasión a Granada se inauguró la modalidad de NICKA y creatividad: Furia Urgente (Prieto, 2011). Las invasiones, guerras e intervenciones serían, a partir de entonces, operaciones. La invasión a Panamá, Causa Justa -1989-, la Guerra del Golfo, Tormenta del Desierto, la Guerra en Afganistán, Libertad Duradera, que iba a llamarse Justicia Infinita, pero esta solo puede administrarla Dios- (Prieto, 2011). La operación para matar a Osama ben Laden se llamó Gerónimo, nombre no exento de polémica.

Gerónimo -1823/1909- fue un jefe apache que a finales del siglo XIX resistió la expansión de los blancos que se apropiaban de sus tierras y los mataban sin miramientos. Combatió con igual fuerza contra los ejércitos de USA y México. Fue un conflicto cruento y Gerónimo se convirtió en héroe para los suyos y un maldito para los otros. Su accionar escurridizo en la táctica y valiente en la guerra le valió que su nombre lleve el nombre de unidades de paracaidistas norteamericanos.

Sin embargo, identificar a Gerónimo con Ben Laden y a los apaches con Al Qaeda, “demuestra hasta qué punto la idea de indio/enemigo está incrustada en la mentalidad de este país”, dijo Suzan Harjo, integrante de un grupo de abogados indios, y remarcó “tal vez ennoblece algo que no merece ser ennoblecido” (Altares, 2011a). Por su lado, Keith Harper, miembro de la nación Cherokee dejó en claro que “No hay ninguna duda de que elegir el nombre de Gerónimo para referirse a Osama Bin Laden es un error… Nadie hubiese aceptado utilizar como nombre clave para un terrorista Mandela, Revere o Ben Gurión. Un extraordinario héroe nativo y un héroe norteamericano merece el mismo tratamiento (Altares, 2011b).

Jefferson Keel, veterano de Vietnam y presidente del Congreso Nacional de Indios Americanos, asegura que la equiparación de Gerónimo con Ben Laden es una falta de respeto y brinda los siguientes datos: en las guerras de Irak y Afganistán murieron 77 indios con el uniforme norteamericano y más de 400 resultaron heridos. Los números no son despreciables si se tiene en cuenta que los nativos norteamericanos representan el 0,7% de la población y llegan al 2,7% en el ejército (Fresneda, 2011).

La foto ausente, la foto presente

No se difundió una fotografía de Osama ben Laden muerto. El presidente Obama contradijo al jefe de la CIA y aseguró que las imágenes no se darían a publicidad porque no eran un trofeo ni quería que incitaran a la violencia.

La crueldad que representa la fotografía de un hombre con la cabeza destrozada por los disparos podría exacerbar el ánimo de sus seguidores, quienes, además, harían de la foto otro instrumento de propaganda. Tampoco habría imágenes de la ceremonia fúnebre en el barco de la armada estadounidense.

El cadáver arrojado al mar se transformó en un cuerpo ausente. Los despojos no se vieron ni se verían. No será venerado y su tumba no se convertirá en santuario. Su recuerdo -especulan en la Casa Blanca- no será infinito.

El tratamiento de las imágenes de guerra no fue siempre así. En Vietnam los periodistas podían buscar, grabar y publicar lo que quisieran y el horror de la guerra impactó negativamente en la opinión pública de USA. A partir de entonces se buscó enervar la fuerza de las imágenes de la violencia bélica. No había que conmover a los ciudadanos. La guerra carecería de muertos visibles. La primera invasión a Irak lo demostró y la ausencia de imágenes de las víctimas del 11/9 lo confirmó. Ben Laden no tenía por qué ser la excepción. Si la muerte lo humaniza todo y despierta misericordia, generar simpatías por el enemigo es lo que menos desea el gobierno de Estados Unidos. La foto del cadáver de Ernesto Che Guevara tendido sobre un piletón, ensangrentado y con los ojos abiertos, fue mucho más impactante que la noticia de su muerte y el guerrillero se convirtió en un ícono para el mundo rebelde. Nada debía opacar, entonces, el triunfo de Obama. El -de por sí triste- rostro de Ben Laden, destrozado por las balas de los Seals, sería vedado.

Pero hubo una foto que sí pudo verse. La tomó Pete Souza, jefe de fotógrafos de la Casa Blanca. En una sala de la casa de gobierno puede verse a un grupo de personas que miran atentamente hacia una pared. La información aclarará después que seguían la retransmisión que realizaba la CIA -desde su sede central en Langley- de lo que estaba ocurriendo en Abbottabad. Allí -en la Casa Blanca- estaban el presidente Obama, su vicepresidente Joe Biden, Hillary Clinton y otros altos funcionarios del gobierno. Clinton se tapa la boca con las manos, alguien tiene un rosario entre sus dedos -dicen algunos epígrafes-, Obama mira serio.

David Trueba explica que “una ley del cine dice que siempre es más largo e importante el plano del personaje que mira, que el inserto de lo que está mirando” (Trueba, 2011b). Lo que se buscó con la difusión de esa fotografía es imponer en la opinión pública mundial la idea de la pesada carga del poder, lo difícil que es tomar decisiones y hasta lo acertado o no de las decisiones. Es decir, Obama es el protagonista del acontecimiento. Poco o nada importa lo que está mirando, que no es poco: la ejecución de Ben Laden. Al seguir la Ley de los Tercios, se puede observar al presidente en uno de los puntos de interés y a la horrorizada Clinton en otro. Algunas líneas de la imagen -unión de paredes, lados de la mesa de trabajo- llevan la mirada hacia Obama. La seriedad campea en la sala. La toma, a nivel de las figuras, da la idea de imparcialidad; los tonos de luz, los azules, dicen de lealtad y tristeza. El rostro de Clinton lo confirma. No son matadores fríos. Se impactan con lo que ven. Pero son profesionales. Nadie más gesticula.

El foco de las miradas -se reitera- está en Barack Obama. La estrategia comunicacional de su gobierno no permitió que las imágenes de un terrorista muerto, posiblemente humanizado por la muerte, eclipsen su momento de popularidad.

“Lo único seguro es que la Casa Blanca conoce las razones por las que esas imágenes permanecen reservadas. Lo que está por ver es si logra mantener esa luz apagada” (Trueba, 2011b). De todos modos, el dato constatado es que la foto de Obama fue la foto más vista en la historia de Flickr, un servicio de web hosting de fotografías y videos de Yahoo. Después de conocida la noticia, la imagen estaba recibiendo cerca de 140.000 visitas por hora (Romandia, 2011).

Por otro lado, los medios, en general, se encuentran predispuestos a publicar las fotografías en cuestión. La CNN asegura que las imágenes son una prueba directa de que Ben Laden ha muerto y avisarían al público antes de mostrar cualquier contenido para no herir la sensibilidad del espectador. El director del New York Times, Bill Keller, expresó que no muestran gratuitamente fotos desagradables o morbosas. Tendrían que tener un valor periodístico añadido; y las fotos de Ben Laden muerto lo tienen. La agencia EFE afirmó que distribuiría las fotos siempre que los documentos gráficos vengan de una fuente autorizada y debidamente contrastados; después, cada cliente decidirá qué hacer con ellas (Iglesias, 2011).

Mitos, historias e historietas

David Trueba también explica que “la mitificación es uno de los más claros ejemplos de trascendencia y modelado de la realidad a semejanza de los recursos de la ficción” (Trueba, 2011a). Pero no es lo mismo un mito que crece sin controles, que la mistificación, en la que hay manipulación consciente y falseada. Ben Laden fue instituido, mistificado, como el ícono del mal en el siglo XXI de acuerdo a los nuevos paradigmas comunicacionales de las guerras actuales. Ahora bien, “el mérito de un mito es su permanencia tras la desaparición física. Devolverlo al tamaña real, a la dimensión que él y sus enemigos levantaron, llevará tiempo” (sic) (Trueba, 2011a). El papel corresponde a la historia.

La historiografía muestra que hasta finales del siglo XIX lo que interesaba a los historiadores eran los grandes acontecimientos y los grandes personajes. Era la historia rankeana. Pero a partir de entonces comenzó a desarrollarse una nueva manera de hacer historia, más interesada en los pequeños sucesos, el hombre común, la vida cotidiana… como representativos de las estructuras sociales y actos de la historia. Ambas formas de concebir la historia conviven, pero ya no se sacraliza a monarcas, papas o presidentes.

Sin embargo, la muerte de Ben Laden “el último (por ahora) megavillano, vuelve a poner de manifiesto, de forma enormemente contradictoria, el enorme papel simbólico que nuestra época otorga a los grandes personajes” (Rodríguez Rivero, 2011). La gente suele recordar lo que los administradores de su imagen han forjado, de uno y otro lado. Por eso, Rodríguez Rivero que fue inútil arrojarlo al mar, privando a sus partidarios de una tumba para venerar. Ya encontrarán otros modos de hacerlo. A lo que agrega el efecto colateral de alentar las teorías conspirativas, las dudas sobre su muerte, las sospechas del operativo, la confiabilidad del gobierno.

Ben Laden fue producto de su época y circunstancias y de quienes ayudaron a forjarlo como héroe del Islam -sus, ahora, enemigos-. Cada lado lo recordará y ficionalizará de acuerdo a sus necesidades. El mito comienza su carrera. Todo supervillano mítico necesita un antagonista, ergo ¿un nuevo superhéroe ha nacido?

Ariel Dorfman (2011) relaciona la ejecución de Ben Laden, en este preciso momento, con sucesos recientes de Estados Unidos no muy difundidos en el resto del mundo. Uno, relacionado con la renuncia de Supermán al pasaporte norteamericano, y el otro con las dudas sobre el lugar de nacimiento de Barack Obama.

Supermán, en su historieta número 900, anunció que pensaba ira a la Naciones Unidas a renunciar a su ciudadanía estadounidense. ¿Qué había ocurrido? Unos días antes había estado en Irán, donde apoyó a los manifestantes democráticos de Teherán, por lo que fue denunciado por el gobierno iraní de interferir en sus asuntos internos con el plácet de Estados Unidos. Ergo, para poder intervenir en otros países y evitar incidentes diplomáticos, Supermán renunciaría a su país adoptivo.

El impacto entre los lectores de la historieta fue alto. Algunos lo consideraron una bofetada al pueblo americano; otros, opinaban que debían deportarlo a Kriptón; otros, que era una muestra de a decadencia en que estaban como país: hasta Supermán los abandonaba… incluso llegaron a pedir a las autoridades de la editorial que obligaran al autor a retractarse.

En todo caso -especula Dorfman-, Obama debió ser alertado por sus asesores sobre que la deserción de Supermán representaba una crisis cultural e ideológica que podía costarle la reelección -sus opositores podían acusarlo de haber perdido a su superhéroe-. La respuesta de Obama fue impactante: matar a Ben Laden.

El presidente de Estados Unidos no necesitó del hombre de acero para hacerlo, le bastó con la tecnología, sus soldados y sus armas de acero.

El otro asunto que Obama tuvo que resolver fueron las dudas sobre su lugar de nacimiento. Lo acusaban de haber nacido en Kenya. Con la exhibición de su certificado de nacimiento dejó de parecer un alien, un extranjero, un extraterrestre (otro parecido con Supermán).

Dorfman sintetizó que “para la mayoría de sus compatriotas, Obama logró en una semana una verdadera y triple proeza. Habiendo probado que era un presidente legítimo, pudo, armado de su certificado de nacimiento y del ejército más vigoroso del globo, eliminar al siniestro enemigo número uno de los Estados Unidos. Y sin que interviniera Supermán” (Dorfman, 2011).

Con estos puntos aclarados, Dorfman propone que Supermán -con su nuevo pasaporte cosmopolita- y Obama -con sus nuevos poderes- contribuyan al regreso de las tropas americanaa a su país para crear un pequeño oasis de paz donde escasean la verdad y la justicia.

Pero los medios no justifican los fines, al menos en la teoría. La ley, la ética y la moral importan a la hora de impartir justicia. Algunos disienten con esta postura y las discusiones florecen.

Maruja Torres (2011) resume el debate moral por la muerte de Ben Laden en tres puntos: ¿justicia o ejecución?, ¿es lícita la tortura? y ¿se deben ver las fotos? Las respuestas fueron: una ejecución -no hubo juicio-, nunca se justifica la tortura y las excusas para no mostrar las fotos son obscenas -hablar de sensibilidad después de la ejecución a sangre fría no tiene sentido, como tampoco que puedan provocar la ira de sus seguidores, que ya poseen bastantes motivos para estar enojados-.

En este paisaje, aún sin compartirla, Torres (2011) cree comprender la alegría de los estadounidenses: “han visto volar de nuevo a Supermán sobre los heridos rascacielos de Nueva York”.

Se sienten seguros…

 

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Publicado en Narrativas, nro. 22, enero / marzo de 2012, ISSN 1668-6098.