Brujas, mujeres y lenguaje

¿Alcanza con el feminismo para construir una sociedad igualitaria? No. ¿El lenguaje inclusivo puede por sí solo terminar con las injusticias del patriarcado? Tampoco. No son condiciones suficientes para lograr un mundo mejor, pero sí necesarias. Con el lenguaje interpretamos el mundo, lo pensamos y actuamos en él. Cambiar la formar en que nos comunicamos incide en la realidad que nos rodea.

Después de todo, hablar es hacer cosas con palabras.

Adrián Duplatt
Empleado de la Cámara de Apelaciones de CR

Lic. en Comunicación Social
Mgter. en Periodismo y Soc. de la Información
Docente Universitario. Investigador. Escritor.
[email protected]


No me voy a extender sobre el feminismo y su lucha contra el patriarcado en una sociedad capitalista porque excedería el espacio y la intención de este trabajo. Solo mencionaré que la historiadora y filósofa Silvia Federici, la filósofa Judith Butler y la antropóloga Rita Segato -entre otras- dejaron ver a lo largo de sus obras que es ilusorio estar en contra del patriarcado y no del capitalismo, que el primero está al servicio del segundo. En cuanto al lenguaje sensitivo de género, le dedicaré las siguientes líneas para tratar de explicar qué es el lenguaje, su relación con la realidad, cómo influye en nuestra comprensión de lo que percibimos a través de los sentidos y de qué modo construye mundos posibles. Elegir un lenguaje es elegir un mundo en el que vivir1.

El lenguaje

El lenguaje no es la realidad. Se refiere a ella por medio de palabras que son alusiones y representaciones de la realidad. Palabras que fueron históricamente convenidas en sus formas y en sus significados.

En el siglo XIX, Wilhelm von Humboldt y Friederich Nietzsche2 postularon que el lenguaje traduce en enunciados las sensaciones que recibimos por medio de los sentidos. Y más importante aún, afirmaron que el lenguaje no es una herramienta del pensamiento, sino que lenguaje y pensamiento están indisolublemente unidos. Pensamos con y en el lenguaje. Conocemos en la medida que nos podemos expresar. Con el paso de los tiempos, olvidamos la naturaleza retórica de la lengua. Tampoco nos detenemos a reflexionar sobre su arbitrariedad. Nada natural une las palabras con las cosas. Salvo las convenciones sociales.

Para Nietzsche, el lenguaje se limita a designar las relaciones de las cosas con los hombres apelando a una doble metáfora: primero, por los sentidos recibimos un estímulo de la realidad que mediante un impulso nervioso llega al cerebro y es extrapolado en una imagen mental; después, por una ruta similar, la imagen es transformada de nuevo en un sonido (la palabra). Sin esa traducción lingüística, el cerebro sería un galimatías de sensaciones y estímulos incomprensibles. Las palabras, una vez exteriorizadas, puestas en común y consensuadas en sus significados, pasan a ser LA realidad y LA verdad. A lo largo de los siglos, las personas olvidan este pacto creativo. El lenguaje se vuelve canónico.

Accedemos y comprendemos el mundo gracias al lenguaje. Sin él, no sería posible el conocimiento. A modo de prolepsis, cabe decir que esto no significa que la realidad objetiva no existe. Está ahí, pero no podemos conocerla con certeza. Umberto Eco habla de una regla pragmática. Hacemos como que lenguaje y realidad son análogos para poder interactuar entre nosotros y con el mundo exterior. Nos acercamos al mundo todo lo que podemos, mas se podría afirmar que estamos a dos pasos de la realidad objetiva.

Primer paso, por nuestras imperfecciones biológicas. Por ejemplo, no vemos todo lo que nos rodea (frecuencias de luz muy altas o muy bajas -ultravioletas o infrarrojas-) ni escuchamos los ultrasonidos. Como prueba bastaría preguntar a cualquier desprevenido de qué color es una manzana, para obtener “roja” como respuesta, sin conocer que precisamente es el único color que no tendría la fruta, ya que absorbe todo el espectro de la luz, menos el rojo que es reflejado y percibido por el ojo del observador. Se podrá objetar que el sujeto del experimento conocía la teoría de los colores, pero le resultaba obvio detenerse en ella para la respuesta. En todo caso, se trata de eso. Tomar por verdad una falsedad obvia. Es más, tratándose de aporías biológicas, sería muy complejo detenerme en los laberintos casi mágicos de la mecánica cuántica para describir el mundo que nos envuelve y del que somos parte en formar inconsciente.

El segundo paso, entonces, lo constituye el lenguaje. Sus signos representan la realidad y aluden a ella, pero no dejan de ser retóricos y convencionales. He aquí un corolario cardinal. Si el lenguaje representa la realidad, diferentes lenguajes representarán diferentes realidades.

Mundos posibles

El escritor francés Gustave Flaubert, fundador de la novela realista en el siglo XIX con Madame Bovary, dijo que el estilo es una manera absoluta de ver las cosa. La realidad que describimos dependerá de qué palabras hayamos elegido y cómo las ordenamos.

Un ejemplo:

El diario New York Times publicó el 11 de noviembre de 1959 una noticia cuyo título informaba: “Rico agricultor y tres miembros de su familia asesinados violentamente”. Le seguían once líneas que describían a un psicópata que había matado a quemarropa a los integrantes, atados y amordazados, de una familia de Kansas. Relato seco de un asesinato a sangre fría.

Esa noticia fue leída por el escritor Truman Capote, quien ya gozaba de merecida fama en la élite literaria norteamericana. Capote decidió escribir sobre el caso y se mudó por cinco años a Kansas para investigar exhaustivamente el crimen. El resultado fue una obra maestra literaria y periodística. En A sangre fría, Capote relató la vida anterior de víctimas y asesinos, el crimen, la captura, el juicio y la ejecución de los condenados. Una miríada de detalles narrados con todas las herramientas de la literatura permitió construir un escenario distinto del presentado en el diario. Ya no se trataba solo de un par de psicópatas que mataban a quemarropa. Conocer sus vidas indujo al autor/lector a concebir alguna clase de empatía con uno de ellos y, además, posibilitó que el título del libro pudiera leerse tanto como una referencia al asesinato de la familia, como a la ejecución de los asesinos. La diferencia de las distintas realidades estuvo en el género utilizado para contarlas: una noticia y una novela de no ficción.

Puede inferirse del ejemplo anterior que lo real está mediado no solo por el lenguaje, sino también por el estilo utilizado. La trama se complica aún más si agregamos otra variable a la ecuación. No se puede dejar de lado la subjetividad de los sujetos, valga la tautología.

La teoría de los mundos posibles formulada por Umberto Eco3 establecía la interrelación de dos mundos para crear un tercer mundo posible. Por un lado, el mundo exterior, el de los acontecimientos allende del individuo; por otro, el mundo de referencia, que es aquel que sirve de encuadre mental del acontecimiento, lo que se sabe de él anterioridad, lo que se ha escuchado y estudiado previamente, permitiendo generar opiniones y actitudes respecto de lo nuevo percibido en el mundo real.

Al interactuar los mundos reales y de referencia generan una actualización de la enciclopedia del individuo, quien, al comunicarla, construye un mundo posible, entre muchos otros plausibles.

Volviendo al caso de los homicidios de 1959 en Kansas, el periodista del New York Times conoció el acontecimiento (mundo real) y de acuerdo a su mundo de referencia (voy a suponer una persona de clase media, instruida, trabajando en un diario de prestigio, según el newsmaking más ortodoxo, en La Meca de la sociedad capitalista) elaboró una noticia sobre psicópatas sanguinarios; en otras circunstancias, un escritor de renombre, refinado, contrario a la pena de muerte, quien luego de largas entrevistas conoció profundamente a uno de los homicidas y llegó a empatizar con él (por cuestiones que describe), construye una novela de no ficción sobre muertes a sangre fría (mundo posible referido a la ejecución de los asesinos).

El lingüista Teun van Dijk habla de modelos mentales para referirse mutatis mutandis al mundo de referencia. La información nueva se procesa integrándola con el contexto referencial que ya se tiene en mente -dice-, conformado por opiniones o actitudes socialmente compartidas. Los modelos son la interfase entre lo social y lo personal. Por su lado, George Lakoff, partiendo de la ciencia cognitiva, define a los marcos de referencia como las estructuras mentales que conforman la visión de mundo, metas y planes de los individuos. Son inconscientes y se conocen por el lenguaje y sus consecuencias. Es decir, por el lenguaje y lo que hacemos con él (uno de los mundos posibles).

Con el lenguaje se entiende el mundo, se piensa y se comunica. Cada individuo crea un mundo posible que, puesto en común y negociado, es llamado “realidad”. Pero esa comunidad de habla no es universal. Así lo atestigua la conformación de distintos conjuntos humanos que se agrupan según su manera de ver el mundo. Construyen sus realidades -reitero- a partir del lenguaje: qué palabras utilizan, cómo las ordenan y cómo etiquetan los acontecimientos.

La crisis venezolana de comienzos de mayo de 2019, para el diario La Nación es un levantamiento democrático; para el diario Página/12, un golpe de Estado4. ¿Quién tiene la verdad? ¿Quién se equivoca? O, lo que sería peor, ¿quién miente?

En su discurso en el Congreso durante el debate por el aborto legal, la escritora Claudia Piñeiro afirmó: “Nos están queriendo robar una palabra”5. ¿Cuál era esa palabra?: “Vida”. Favorable al aborto legal, Piñeiro se oponía a que los grupos contrarios se dijeran a favor de la vida, mientras que los impulsores de la ley estaban, entonces, contra de ella. “Por la vida estamos todos”, enfatizó.

El encuadre “Por la vida – Contra de la vida” actuó como canalizador de sentido en los debates. Encuadre que se vio amplificado por algunos medios. Clarín tituló en su tapa: “Derecho a la vida y el de la mujer, ejes del debate sobre el aborto”6. El periódico de mayor tirada en el país planteó una dicotomía que los indecisos debían resolver. ¿Qué legislador se podría haber definido como contrario a la vida? Amén de que el medio puso como quid de la cuestión al aborto, cuando era algo que no estaba en discusión, sí sus consecuencias en los campos sanitarios y jurídicos.

Aquí vale recordar que los medios influyen, pero no determinan los actos de sus consumidores.

El debate sobre los efectos de los medios es largo y sinuoso a lo largo de los siglos XX y XXI. No me voy a introducir en sus aguas abigarradas. Solo mencionaré a modo de sintético resumen que los medios informan a sus lectores sobre los sucesos de la realidad. Tratan de direccionar la interpretación de las noticias seleccionando sobre qué se va a leer y el modo en que se va a publicar. Es lo que McCombs y Shaw llamaron teoría de la Agenda Setting7. Ahora bien, el real impacto de la noticia va a estar dado en el momento de su lectura: quién la lee, qué modelo mental tiene sobre el acontecimiento de la noticia, su vinculación con otras personas, sus expectativas, su ideología, su lectura de otros medios, etc. Los efectos de los medios son complejos y con ingentes variables a tener en cuenta, tanto del lado del productor de la noticia, como del consumidor de ella.

Si se selecciona a un individuo que solo consume un medio que continuamente reitera un encuadre para un acontecimiento, es posible que condicione -no que determine- su opinión del mismo.

En resumidas cuentas, los medios hacen saber a los ciudadanos lo que ocurre en el mundo -efectos cognitivos-, según cómo lo presenten pueden generar predisposiciones en los lectores -efectos actitudinales- y según la enciclopedia de cada uno puede generar acciones en las personas -efectos conductuales-. Y todo esto solo con el lenguaje, o más precisamente, con el discurso.

Discursos y realidades

El discurso puede ser entendido como un texto en contexto. Más claro: lo que se enuncia teniendo presente las condiciones que rodean a la enunciación.

Una retahíla de ejemplos da cuenta de la importancia del discurso, un poder en sí mismo. Historiadores, filósofos, filólogos, lingüistas, economistas, políticos, periodistas…8 lo afirman. La razón está en su capacidad de crear mundos/realidades a la carta. El hablante puede hacerlo seleccionado palabras y ordenándolas según sus intereses o simplemente no utilizando ninguna, sacado de agenda a determinados actores o sucesos. Es decir, invisibilizándolos. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”9, decía el primer Wittgenstein, filósofo del lenguaje, lo que se podría parafrasear como: “la limitación del vocabulario limita el pensamiento”.

Con el lenguaje se crea e interpreta el mundo. Lo que se lee modifica los modelos mentales de los individuos. No solo eso. También produce efectos físico-químicos en el cerebro. Al recibir información repetitiva, las neuronas se reordenan y generan con sus sinapsis especies de carreteras para canalizar rápidamente los estímulos recibidos. Esto se conoce como neuroplasticidad10. El continuo proceso de lectura de noticias con similar encuadre -v.gr., “no al aborto = (pro)vida ”- allana una interpretación lectora en ese sentido.

Además, en el campo de la comunicación se conoce la hipótesis Sappir—Whorff11 que, en su variante débil, postula que el lenguaje condiciona la manera en que percibimos el mundo. Las lenguas conllevan una visión particular de la realidad que interviene en la conformación de las ideas. Los experimentos de la psicóloga Elizabeth Loftus12 -entre muchos otros de diferentes autores- parecen avalar la hipótesis.

Loftus mostró a un grupo de estudiantes un video en el que un automóvil chocaba a otro. Después, dividió a los estudiantes en grupos menores y les preguntó por separado a qué velocidad iba el vehículo embistente. Con el primer grupo utilizó la palabra “estrelló”, con el segundo, “colisionó”, y de este modo hasta llegar al último con la palabra “tocó”.

Los estudiantes a los que se les preguntó a qué velocidad iba el vehículo que se “estrelló” contra el otro estimaron una velocidad de 40,5 m/h y a los que se les preguntó a qué velocidad iba el vehículo que “tocó” al otro calcularon 31,8 m/h. Los demás grupos siguieron la misma lógica en orden decreciente. A más suave la palabra, menor la velocidad asignada.

El lenguaje influyó en la manera de percibir la realidad.

En otros experimentos se encontró evidencia de que

“les niñes interpretan como excluyentes los títulos de oficios o profesiones marcados por género y de cómo, en general, el uso de un pronombre masculino para referirse a todes favorece la evocación de imágenes mentales desproporcionadamente masculinas. O incluso, cómo esos genéricos no tan genéricos pueden tener efectos sobre el interés y las preferencias por ciertas profesiones y puestos de trabajo entre las personas del grupo que ‘no es nombrado’, llevando a que puedan autoexcluirse de entornos profesionales importantes” (Minoldo y Balián, 2018)13.

El filósofo del lenguaje John Austin en su teoría de los actos de habla postuló que se pueden hacer cosas con palabras14. Que al mismo tiempo que se habla, se hace algo. Al hablar se puede modificar una realidad. La potencia del enunciado dependerá, claro está, de las condiciones de enunciación. Una jueza, al dictar sentencia, declama “… condeno a 20 años de prisión…” y modifica sustancialmente la realidad de una persona -o varias-. Lo expresa una actriz en una película y no obtiene iguales resultados. Logra otros. Puede modificar el estado de ánimo de los espectadores, hacerlos reír, llorar, indignar…, pero no privar a alguien de la libertad.

El punto es que quienes tienen el poder de hacer circular sus discursos en la esfera pública de la sociedad y filtrarlo en la esfera privada de la vida cotidiana son los hombres, actores principales de un sistema de dominación masculina llamado patriarcado.

Lenguaje y patriarcado

El sociólogo Pierre Boudieu explicó que las estructuras de dominación son históricas y producto de un trabajo continuado de reproducción al que “contribuyen unos agentes singulares entre los que están los hombres, con unas armas como la violencia física y la violencia simbólica, y unas instituciones: familia, Iglesia, escuela, Estado”15.

En la dominación masculina, Bourdieu veía las consecuencias de la violencia simbólica, “violencia amortiguada, insensible, e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación”16.

Patriarcado, dominación, comunicación, lenguaje, realidad… Ningún término es inocente. El dominio tiene su correlato en el lenguaje. Una relación naturalizada y olvidada consciente o inconscientemente. Es así que una de las cortapisas que se levantan contra el lenguaje inclusivo se basa en que en el castellano el masculino es el género no marcado por lo que en las generalizaciones abarca tanto a hombres como a mujeres. Por lo tanto, no es necesario inventar otro género. Argumento circular que no resulta convincente. Para contrarrestar una crítica a la regla se utiliza la definición de la misma regla. La pregunta que se impone es por qué el masculino es el género gramatical no marcado. La respuesta inevitable pasa por el patriarcado y la rancia dominación masculina. El masculino es el genérico por decantación naturalizada del estado de cosas. Lo masculino lo envuelve todo como una llovizna fría porque el lenguaje da cuenta de la relación asimétrica entre hombres y mujeres que pervive en la sociedad. Además, el lenguaje es codificado y preservado por hombres.

Los guardianes del idioma esgrimen razones perdidas en el tiempo para oponerse a los cambios lingüísticos. Cuando el latín perdió su género neutro -explican-, heredó su rasgo al castellano. En consecuencia, son razones gramaticales y no de dominación masculina las que fijan el género no marcado. Pero no van un paso más atrás en su defensa. No explican los motivos de ese cambio gramatical. Se perdió la memoria de la bifurcación. Nietzsche sonríe.

La Real Academia Española (RAE) está constituida por los Inmaculados del idioma. A sus legisladores se les eriza el cabello cuando les mencionan el lenguaje sensitivo de género. Como espadas blanden sus reglas inveteradas, como escudos alzan su inconsciente machismo. A lo largo de tres siglos hubo un par de centenares de académicos de número en su mesa redonda. Solo once mujeres. La primera fue Carmen Conde, en 1977. ¿El masculino genérico y su defensa es solo una cuestión gramatical en una sociedad androcéntrica?, ¿con una institución que vela y se desvela por la corrección lingüística conformada históricamente solo por hombres? Demasiadas casualidades.

El diario Página/12 informa sobre el conflicto del gobierno con la ciencia de manera clara. “Científicos movilizados”, “Científicos contra el ajuste”, “Protesta de científicos”, “Declaración de científicos”… son sus titulares.17 ¿Y las científicas? Quizás lavando los platos, como pretendía el exministro de Economía Domingo Cavallo18.

Otra noticia del mismo medio es particularmente ilustrativa de esta invisibilización de las mujeres. “Las ciencias más ajustadas en el Conicet. Científicos y académicos consultados por Página/12 analizan el impacto de la merma en el ingreso de investigadores de disciplinas sociales y humanísticas”19 fue el título de la noticia escrita por Constanza Bonsignore. Se mencionan a científicos y académicos, pese a que la mayoría de las personas consultadas eran mujeres. Y estoy citando a un medio de centro-izquierda -“progre” se puede conceder-, por una nota escrita por una mujer.

La parcialidad de la lengua no es patrimonio del castellano. En francés, un conjunto mixto de sustantivos masculinos y femeninos -por ejemplo: un conjunto de varones estudiantes (étudiants) y de mujeres estudiantes (étudiantes)- tiene que referirse a ellos como un grupo en masculino. Carmel McCoubrey, editora del New York Times, recordó en un artículo que en una clase de la preparatoria preguntó: “¿Qué pasa si hay 99 mujeres estudiantes y un estudiante varón?”. “No importa -dijo su maestra-. Es más, si escribes una oración sobre la belleza de los estudiantes varones (beaux) y mujeres (belles), el adjetivo para describirlos debía ser masculino también: Les étudiants et les étudiantes sont beaux”, amplió la docente. El sexismo le resultó insoportable. Las razones de la regla aumentaron su malestar. Un libro de gramática francesa de 1767 se confesaba: “El género masculino es considerado como más noble que el femenino por la superioridad del varón sobre la mujer”20.

McCoubrey se refería en su trabajo a que en 2017 trescientos maestros franceses se negaron a enseñar la norma del masculino genérico porque no solo la objetaban filosóficamente, sino también desde la filología. Según dijeron, la regla es advenediza (se proclamó en el siglo XVII y solo se enseñó ampliamente en el siglo XIX) y tiene motivaciones políticas (apuntaló las leyes francesas que le negaban igualdad de derechos a la mujer). Además -subrayaron- la regla anima a los estudiantes más jóvenes a “aceptar la dominación de un sexo sobre el otro, en detrimento de la mujer”21.

En este momento quedaría retratar al patriarcado, ilustrar la desigualdad entre hombres y mujeres y denunciar la violencia de unos contra las otras para después delinear su relación con el lenguaje. Pero sería obvio. Las estadísticas sangran. Las páginas de los diarios están ahítas de femicidios en los que los hombres se arrogan la propiedad de las mujeres como indolente justificación. Mujer que no cumple con el mandato social, histórico y naturalizado de permanecer en el hogar es castigada sin miramientos. “Discutí y la maté”, dicen unos; “No me dejó ver su celular”, explican otros; “Se iba a ir a estudiar al extranjero” o “La encontré con otro”22, excusan sus homicidios los dueños de las mujeres. A finales de la Edad Media se las llamaba brujas y se las quemaba en la hoguera23; hoy se las llama putas y se las quema con alcohol. Primero se las bautiza y luego se las castiga. Proceso inicialmente lingüístico que en su epílogo desenmascara la ferocidad de la dominación masculina. La Inquisición aún encandila con sus fuegos.

A esta violencia física, extrema y última se llega luego de varios peldaños previos. Violencias, simbólicas, verbales, discursivas y naturalizadas. El papel de hombre-patrón no es cuestionado. Aún así, existen excepciones. En los últimos años las mujeres han alcanzado metas igualitarias impensadas en décadas pasadas. ¿Estamos cerca de la igualdad definitiva? La respuesta vuelve a estar en los diarios. Solo hay que saber leer.

Como ya mencionara, el mandato histórico del patriarcado es el hombre en lo público, la mujer en su hogar. Últimamente, las mujeres se han ganado su lugar en el campo laboral luego de arduas batallas (recordar, v.gr., qué se homenajea los 8 de marzo). Pero no en igualdad de condiciones. La Organización Mundial del Trabajo informó a finales de 2018 que las mujeres ganan en promedio un 20% menos que los hombres, lo que representa una de las mayores manifestaciones de injusticia social. El organismo afirma que la brecha no se debe a estudios o falta de preparación, sino a que “claramente se penaliza la maternidad en las mujeres”24. Implícitamente se las castiga por no estar en sus casas cuidando de sus hijos. Castigo que no contempla que las mujeres cumplen una doble jornada laboral; al salir de sus empleos, vuelven a sus casas a seguir trabajando.

El Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA) analizó la “Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAUH)” del Indec y concluyó: “Mientras las mujeres que realizan trabajo no remunerado declaran dedicar en promedio 6,4 horas diarias a las actividades domésticas, los varones que lo hacen declaran dedicarle 3,4 horas diarias. Además, es clave entender que la tasa de participación de las mujeres, es decir las que realizan trabajo doméstico, llega casi al 90%, contra el 58% de los hombres que declara hacerlo”25.

Otros datos, más cercanos geográfica e institucionalmente ratifican este clima desangelado. La mitad de la población del Chubut son mujeres26. El Poder Judicial de la provincia está integrado por jueces y juezas -amén de otros escalafones-. Nunca hubo mujeres en el Superior Tribunal de Justicia. Ni cuando estuvo -y está- compuesto por seis lugares. Otra vez las casualidades.

En un principio señalé que el propósito de este texto no es ahondar en las luchas feministas contra el patriarcado, sino -y en todo caso- detenerme en su dimensión lingüística. Para ello ofrecí una apresurada propedéutica a fin de sostener la afirmación de que el discurso ayuda a cambiar la realidad o a mantenerla como está. Ahora es el momento de argumentar sobre la opción del lenguaje inclusivo para transformarla.

Cambiar el lenguaje para cambiar la sociedad

En 1927, Julieta Lanteri Renshaw solicitó enrolarse en su carácter de argentina naturalizada -era italiana de origen-. Quería votar. En 1926 se había dictado una nueva ley de servicio militar. El derecho a votar estaba sujeto al enrolamiento en el ejército o la marina; por ello, basada en preceptos constitucionales, Lanteri pidió alistarse. En agosto de 1927, el juez de primera instancia rechazó su pedido en razón de que “la ley de enrolamiento se refiere pura y exclusivamente a los ‘ciudadanos argentinos’ y de ninguna de sus disposiciones surge y ni siquiera se infiere que se incluya también a la mujer ciudadana”27. Es más, en la vista fiscal se puede leer: “La Constitución expresa, `ciudadanos’, es decir, ‘hombres’ y no cabe sostener que ese concepto tan nítido, necesite ser interpretado en el sentido de que comprende también a las mujeres”. El caso pasó por la Cámara de Apelaciones y llegó a la Corte Suprema. Ambas instancias, con otros y más refinados argumentos, confirmaron el fallo de primera instancia. Apelaron, v.gr, a “la fundamental disparidad entre un hombre y una mujer en el orden de la naturaleza”28.

En 1947, en el debate por el voto femenino en el Senado de la Nación, el ex radical renovador Armando Antille, en su afán contrario a esa posibilidad, enunció: “Si la equiparación -entre hombres y mujeres- es absoluta, tendríamos la posibilidad de que una mujer fuera presidente de la República contra lo que dispone, en mi concepto, la Constitución”29. La Carta Magna habla de “presidente”, en masculino. Otros argumentos de igual tenor se escucharon en el recinto. Finalmente, después de las alocuciones se logró materializar el derecho cívico de las mujeres.

Y si de presidentes hablamos, en 2007 comenzaron a circular correos electrónicos, mensajes y conversaciones que hacían referencia a que la palabra “presidenta” era incorrecta. Valoración que no le cabe30. Sin embargo, entre otras evidencias para descalificar el vocablo se decía que la CN establece que el Poder Ejecutivo estaba a cargo de un “presidente”, por lo tanto, una mujer en la presidencia era “una presidente”. De todos modos, esto puede verse como un avance. Al menos no se cuestionaba que una mujer ocupara el cargo, solo cómo debía nombrársela correctamente: como hombre.

En 1927, un juez; en 1947, un senador; en 2007, varias personas de distintos ámbitos pregonaron que un enunciado determinaba los derechos de las mujeres. Algunas tuvieron éxito; otros, no. Con una sola palabra -interpretada textualmente- borraron de la vida política a casi la mitad de la población argentina. No tuvieron en cuenta que el contexto modificaba el lenguaje, que con el entorno se organizaba la información recibida y se la estructuraba, que las circunstancias construían un régimen del saber y determinaban qué se conocía y qué no. Los patriarcas sostenían un mundo donde la esfera pública era para los hombres y la privada competía a las mujeres, quienes ejercían los roles de cuidadoras y educadoras de los integrantes de la familia. Y si la mujer trabajaba fuera del hogar, era para ejecutar tareas que continuaban su mandato o se constituían en auxiliares de las labores masculinas.

Un medio digital informa: “Muchos caciques y pocos indios. En la Argentina, faltan unas 90 mil enfermeras y hay exceso de médicos”31. Por lo tanto, no faltan enfermeros y sobran médicas. Se sobreentiende en la noticia que una profesión que es subalterna de otra está integrada únicamente por mujeres, mientras que la principal solo por hombres. Quiénes son los caciques y quiénes los indios no dejar de ser una sencilla adivinanza.

(Pequeña digresión: los que interpretan en forma literal los textos legales, ¿pensarán que el Código Penal no se aplica a las mujeres?, porque, v.gr., en su artículo 79 reza: “Se aplicará reclusión o prisión de ocho a veinticinco años, al que matare a otro…”. Es incuestionable que no se refiere a “la que matare”).

Si el lenguaje es el mapa con el que imaginamos, pensamos, sentimos y actuamos en el mundo, al cambiar el lenguaje podemos pensar distinto y transformar el mundo. Por supuesto que solo con el lenguaje no se cambia el statu quo de la sociedad. Pero es un candil que ilumina el camino para hacerlo. Pensamos en y con el lenguaje y al pensar podemos imaginar otra realidad para actuar en consonancia. Conocer, pensar y obrar son tres acciones cobijadas por la lengua.

Al estar invisibilizadas en el lenguaje, las mujeres no son instituidas como iguales por los hombres. No son pensadas. El patriarcado construyó así su representación del mundo. Los hombres, agradecidos. No todos, claro. Pero se ven demasiados ejemplos en aquel sentido. Por ello, mostrar a las mujeres y representarlas en el discurso es un paso para derrumbar el edificio patriarcal.

En 1927, con palabras se las callaba en la vida política, sin olvidar que se les cercenaban derechos. En las últimas décadas, la lucha tenaz de las feministas y otros grupos solidarios irrumpió con fuerza en el discurso público. Las agendas públicas, políticas y mediáticas la pusieron en el orden del día. Se crearon nuevas realidades, todavía en disputa, que necesitan visibilizarse a través de renovados repertorios lingüísticos. Es una batalla en todos los órdenes de la vida.

Los cambios en el vocabulario son lentos. Los cambios en la gramática son lentísimos. Ambos provienen de la calle, no de las instituciones pretorianas del lenguaje ni de élites ilustradas. Que antaño el masculino como género no marcado pasara inadvertido estaba relacionado con la habituación a la estructura de la sociedad. A mayor efervescencia política y social, el lenguaje muestra sus fisuras. Las relaciones de fuerza y de poder entre géneros dejan su huella en el discurso. Cuando la mujer ni siquiera votaba, no hacía ruido que no se las mencionara en el discurso oficial. Hoy, con las mujeres visibles en la esfera pública, se necesita una nueva gramática con renovado léxico para empalabrar los distintos grupos humanos. Resulta imprescindible. Insisto: a un mundo distinto, le corresponde una lengua distinta. La tarea no es sencilla porque la lengua no es neutra. Rezuma ideología y por eso fastidia tanto querer modificarla.

El lenguaje es una institución viva. Se transforma con el transcurso de los siglos y, cuando lo hace, algo cruje. Si fuera pétrea, todavía se hablaría como en el Cantar del Mío Cid. Sin embargo, no hay que caer en soluciones impracticables. El lenguaje requiere de claridad, precisión y economía. El habla de la gente se decanta por lo más fácil. Usar la “x” y el “@” presentan dificultades en su pronunciación y no rompe el binarismo. La duplicación de términos es engorrosa. Quizás la desinencia en “e” es la más plausible. Otra solución podría ser que, ante grupos de distintos géneros, los elementos lingüísticos concuerden con el más numeroso o se utilicen sustantivos abstractos o epicenos.

La evolución del lenguaje siempre proviene de la tensión en la sociedad, es decir, de metamorfosis culturales previas. Por el momento, los usos disruptivos del tercer género gramatical son propuestos por grupos reducidos, pero que aluden a la mitad de la humanidad. Unos cambios serán olvidados; otros podrán adoptarse y adaptarse al uso mayoritario. ¿Qué solución se impondrá? El tiempo lo dirá. No existen los desenlaces mágicos. Lo fascinante es que se está buscando la respuesta.

En definitiva, lenguaje, pensamiento y acción no son compartimentos estancos. Están amalgamados en esta reconstrucción que busca dejar en el pasado la sinonimia entre brujas y mujeres. La senda está trazada. El Norte que guía la marcha es la igualdad de derechos y oportunidades entre los géneros, que son mucho más que dos.

Notas

1 Aclaración: las siguiente referencias a la violencia de género, invisibilización de la mujer y desigualdades entre hombres y mujeres están pensadas también para los cuerpos feminizados y teniendo en mente la superación de géneros binarios.

2 Ver: Nietzsche, Friedrich: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Madrid, Tecnos, 2007 y Chillón, Albert: Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas. UAB, Barcelona, 1999.

3 Miquel Rodrigo Alsina: La construcción de la noticia. Barcelona, Paidós, 1989.

4 Las ediciones de ambos periódicos en los días 30.4.2019 y próximos siguientes muestran ambas posturas a través de varias notas.

5 Gabriela Sued: “El pedido de la escritora Claudia Piñeiro a Mauricio Macri en el debate sobre el aborto”, La Nación, 12.4.2018

6 Clarín, 11.4.2018.

7 Ver, Natalia Aruguete (2015): El poder de la agenda. Política, medios y público, Buenos Aires, Biblos, entre muchos otros.

8 Alex Vicente: “Quien controla el lenguaje, controla el poder”, (entrevista con el escritor Laurent Binet), El País, 5.12.2016; Manuela Parajuá: “Lenguaje y machismo…”, (entrevista con la filóloga Paula Fernández Gómez, quien, desde Berlín afirma: “Lenguaje es poder”), La Nación, 6.3.2019; Sebastián Campanario: “Relatos salvajes en la economía: quiénes escriben la historia”, (el periodista cuenta: “… algo que remarcó en 2017 el Nobel Robert Shiller, y que vienen investigando académicos como Matthew Gentzkow: la formación y la viralización de buenas historias tienen la capacidad de torcer votaciones, de llevar a países a la guerra, de hacer que los mercados colapsen y, también, de definir la imposición de teorías económicas”. La Nación, 14.4.2019; los ejemplos mediáticos abundan, al igual que los bibliográficos, v.gr, la obra de Michel Foucault, Gottlob Frege, Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein, Wilhelm von Humboldt, Charles Peirce, Charles Williams Morris, Gadamer, John Langshaw Austin, Mijaíl Bajtín…

9 Ludwing van Wittgenstein: proposición 5.6 de su obra Tractatus Logico-Philosophicus.

10 Garcés-Vieira MV, Suárez-Escudero JC.: “Neuroplasticidad: aspectos bioquímicos y neurofisiológicos”, Rev CES Med 2014; 28(1): 119-132.

11 Chillón, Albert: ob.cit.

12 Rafael Rivas Jiménez

​José Manuel Moreno Fernández: “El experimento de Loftus y Palmer”, http://experimentoloftusypalmer. weebly.com/

13 Sol Minoldo, Juan Cruz Balián: “La lengua degenerada”, El gato y la caja, https://elgatoylacaja.com.ar/la-lengua-degenerada/, 4.6.2018. Igualmente, en este artículo pueden consultarse numerosos estudios que coinciden con este resultados.

14 John L. Austin: “Cómo hacer cosas con palabras”, Barcelona, Paidós, 1991.

15 Bourdieu, Pierre: La dominación masculina. Barcelona, Anagrama, 2000.

16 Ibídem.

17 Página/12, ediciones de los días 15 de febrero de 2017, 13 de septiembre de 2017, 13 de diciembre de 2016 y 13 de marzo de 2017, respectivamente.

18 En 1994, la socióloga Susana Torrado había dado a conocer los índices de desocupación y su relación con el plan de convertibilidad; la reacción del economista fue indicarle que no sabía nada y que debía irse a lavar los platos (Servicio Diario de Noticias de Ciencia y Técnica de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, 28.2.2005; La Nación, “La Argentina no volverá a ser lo que fue”, 24.1.2004; Ignacio Jawtuschenko y Leonardo Moledo, “Lavar los platos”, Página/12, 26.9.2009.

19 Constanza Bonsignore: “Las ciencias más ajustadas en el Conicet”, Página/12, 7.5.2019.

20 Carmel McCoubrey: “En contra del patriarcado gramatical”, New York Times (ed. Española), 23.11.2017.

21 McCoubrey también plantea quejas similares para la lengua inglesa.

22 Página/12: “Discutimos y la maté”, 3.8.2016; El Patagónico: “Encontré a mi pareja con mi amigo y la maté”; Crónica: “Quiso revisarle a su mujer, ella se negó y la mató de 12 puñaladas, 29.3.2019.

23 Para profundizar en la relación entre las matanzas de brujas y el capitalismo, ver Silvia Federici; Calibán y la bruja, Madrid, Traficantes de Sueños, 2010.

24 Ámbito Financiero: “Salarios según la OIT: las mujeres cobran un 20% menos que los hombres”, 26.11.2018.

25 Rodríguez Enríquez: Corina. El trabajo de cuidado no remunerado en Argentina: un análisis desde la evidencia del Módulo de Trabajo no Remunerado. Documentos de Trabajo “Políticas públicas y derecho al cuidado”, estudio basado en la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU) de 2013.

26 Según la Dirección General de Estadística y Censos del Chubut, en2010 había en la provincia 254.649 hombres y 254.459 mujeres. http://www.estadistica.chubut.gov.ar/

27 Juan Javier Negri: “Julieta Lanateri: una pionera del feminismo”, La Nación, 22.2.2018.

28 Ver CSJN, 15/5/1929 – Fallos: 154:283.

29 Valobra, A. (2009): “”…Del hogar a las urnas…”. Consideraciones sobre la ciudadanía política femenina”, 1946-1947. [email protected], 7 (27), 45-65. En Memoria Académica. Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.7375/pr.7375.pdf. Antille también sostuvo: “Yo no creo en absoluto que la mujer sea igual al hombre. (…) La mujer, por esa función que la naturaleza le ha dado, no ha venido a participar como el hombre en una vida de carácter social general. Tiene una situación específica en el mundo y en el hogar. La mujer procrea, cuida su prole, vive entregada al hogar…”.

30 Los argumentos que hacen correcta la palabra “presidenta”, así como los prejuicios escondidos en su consideración como errada, en Adrián Duplatt: “Detrás de las palabras”, Narrativas, www.narrativas.com.ar.

31 Diario 26, 27.7.2008, http://www.diario26.com/